Josep Piqué • El Confidencial • 10 de abril de 2021

Josep Piqué: "España, sin Europa, estaría en quiebra como Venezuela"

Viene Josep Piqué de superar un serio achaque de salud, que nada tiene que ver con el coronavirus pero que subraya la angustia de este tiempo pasado. “Lo he pasado muy mal”, dice Piqué y se percibe al momento que la afirmación le sale de lo más hondo. "Pero ya he recuperado el vigor intelectual, con lo que estoy trabajando al cien por cien, y físicamente, aunque es un proceso lento, he empezado a recuperar peso y las fuerzas que había perdido. Al fin, estoy tranquilo porque ya solo es cuestión de paciencia y de seguir un régimen nutricional".

Josep Piqué Camps (Vilanova i la Geltrú, 1955) es una de las figuras más reconocibles de la política española a pesar de que su actividad pública (ministro de Exteriores e Industria en la época de Aznar) es mucho menos relevante que sus otras dos facetas, como empresario y economista. También como pensador. En 2018, mas o menos por estas fechas, publicó un libro, titulado ‘El mundo que nos viene’, que al contemplarlo ahora produce una especie de escalofrío por lo vulnerables que somos y cómo llegamos a olvidarlo: ¡Quién iba a imaginar que ‘el mundo que se venía’ encima era el de una pandemia como esta!

RESPUESTA. Sí, no es lo mismo para Occidente que para África o los países del Este, que sí padecen pandemias; pero en nuestro caso, es verdad, que no sufríamos algo así desde la mal llamada 'gripe española' de hace un siglo. Pensábamos que estos problemas ya no iban con nosotros y ahora hemos visto que, a pesar de disponer de unos buenos sistemas públicos de salud, un virus puede provocar un colapso, con lo que debemos repensar algunas de las cosas que dábamos por sabidas o que ignorábamos. Pero, en el sentido de lo que usted decía, fíjese que muchos de los grandes fenómenos que hemos padecido en las últimas décadas nos han cogido siempre por sorpresa. La caída del Muro de Berlín en 1989, por ejemplo, y la rapidez de la desintegración de la Unión Soviética, o el colapso financiero de 2008, que también fue inesperado a pesar de los síntomas de ‘burbujas’ que existían: no supimos anticipar la profundidad que tendría esa crisis. Incluso podríamos añadirle la Primavera Árabe… En definitiva, que tenemos que aprender a ser modestos.

"De la pandemia, o salimos todos o no salimos; no hay salidas individuales"

PREGUNTA. Pero ¿confía usted en eso, que se aprenda algo? La modestia, la humildad nos deberían llevar a pensar que el mundo del futuro tiene que ser más solidario. Y no sé yo…

R. Es verdad que, ante fenómenos globales como el vivido, tiene que haber una respuesta global y solidaria. Es, por tanto, de sentido común que exijamos a los responsables políticos esa salida coordinada y efectiva, con lo que ello supone de utilización de los organismos internacionales de los que disponemos y que también deben repensarse. Pienso, por ejemplo, en el G20, que fue muy eficaz en la crisis financiera pero que ahora, ante la pandemia, no ha jugado el papel que le correspondía. Otro de los problemas con los que se encuentra la solidaridad internacional son los obstáculos que se le ponen a las cadenas globales de valor por un cierto retorno al proteccionismo y la relocalización de determinadas producciones y servicios. Frente a esas tendencias regresivas, la pandemia demuestra que, si no existe una solución global, la posibilidad de que vuelva es alta, por muy eficaz que sea un país con la erradicación a corto plazo. De la pandemia, o salimos todos o no salimos; no hay salidas individuales.

P. Pues la sensación es que los organismos internacionales imprescindibles para estas crisis, como la Organización de Naciones Unidas (ONU) o la Organización Mundial de la Salud (OMS) se han convertido en enormes aparatos burocráticos completamente ineficientes y desacreditados…

R. Tras la Segunda Guerra Mundial, se diseñó una arquitectura internacional muy apropiada y exitosa. A raíz de los acuerdos de Bretton Woods​​, y de otras iniciativas políticas, se crearon las Naciones Unidas, el Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial… y se desarrollaron mecanismos generales de coordinación, como el originario Acuerdo General sobre Aranceles Aduaneros y Comercio, el GATT. En todo eso, es necesario dar ahora un salto cualitativo. Probablemente, no tengamos que repensarlo todo, pero esa arquitectura internacional necesita una mejora profunda porque se ha vuelto insuficiente. La Organización Mundial de la Salud, por ejemplo, es un buen instrumento, pero no tal y como está, lastrada por la burocratización y la politización. Si hay voluntad, eso se puede corregir. Ocurre igual con Naciones Unidas, porque carece completamente de sentido que se mantenga el anacronismo de miembros permanentes con derecho de veto que se identifican con las potencias vencedoras de la Segunda Guerra mundial. Esa reforma es muy necesaria y hay que insistir, incluso reforzando otros mecanismos de colaboración multilateral. Claro que ya sabemos que los países que tienen ese privilegio no van a querer renunciar y que, por tanto, existe la duda de que haya voluntad política para avanzar en el sentido que el mundo necesita.

P. Fíjese que podemos extender la duda incluso más allá, no solo voluntad: ¿existe capacidad política? ¿Existen líderes mundiales a la altura de los problemas que tenemos?

R. Es posible que todas las generaciones hayan tenido esa misma inquietud… Lo que marca estos tiempos es la pugna por la hegemonía entre Estados Unidos y China. Eso lo condiciona todo porque China es la potencia que está decidida a tomar ese liderazgo en este siglo, con su forma de entender la globalización.

P. Si a Lenin le dijeran que una potencia comunista se iba a convertir en el referente del capitalismo más salvaje, se vuelve a la tumba…

R. Je, je, je… Pues no crea, yo pienso que Lenin estaría muy contento porque su idea de poder político y control de la sociedad está presente en los actuales dirigentes chinos. La China comunista se sustenta en un modelo de partido único, con ausencia de libertades básicas, y una economía de mercado, no de libre mercado, condicionada por el sector público. En China el marxismo tiene poca presencia, pero el leninismo está muy vivo.

P. El 'pivote estratégico' del mundo, como lo llama usted, ha girado hacia el Este. Podemos imaginarnos un mundo en el que China sea la gran potencia económica; India, la gran fábrica del planeta; y EEUU, el centro de la inteligencia y los avances tecnológicos. ¿Y Europa? ¿Dónde se queda y qué papel tiene?

R. En ese mundo, Estados Unidos necesita aliados para contener el expansionismo de China, cada vez más agresivo. Es, en suma, el viejo adagio, "si quieres ir rápido, vete solo; pero si quieres llegar lejos, ve acompañado". En todo caso, además de contar con Estados Unidos, es evidente que el debate europeo debe analizar su papel en el nuevo escenario mundial. Europa solo será un sujeto político relevante si profundiza en su integración y es percibida desde fuera como un solo interlocutor. Cada país europeo por separado sería perfectamente irrelevante, incluido el más poderoso, Alemania. ¿Y cuál puede ser su papel? Europa puede ser un referente en términos regulatorios, por ejemplo. O en la digitalización de la vida cotidiana y empresarial. En fin, que, aunque tengamos serios problemas y aunque todos los días detectemos deficiencias, yo no soy pesimista en absoluto sobre el futuro de Europa. Entre otras cosas porque se piensa en la situación de algunos países, como España, sin la red europea, y se acaba el debate. Tras una pandemia como esta, si tuviésemos que acudir a los mercados por nuestra cuenta, sin el respaldo del Banco Central Europeo, España estaría en situación de 'default', en quiebra, como otros países que todos tenemos en la cabeza, como Venezuela.

P. Eso parece indudable, pero ¿no cree que el proyecto europeo se ha quedado a medio construir, que no avanza? Y eso se percibe especialmente en las grandes crisis. Por ejemplo, esto de ahora con las vacunas…

R. Que el plan de vacunación no funcione, o funcione mal, no debe llevarnos a pensar que Europa es un desastre. Porque, al final, funcionará y será mucho mejor que si cada país lo hubiera resuelto por su cuenta. La Unión Europea ha podido pecar de una cierta ingenuidad respecto a los compromisos con AstraZeneca, pero ya verá como todo se va resolviendo con rapidez y a finales del verano habrá inmunidad de rebaño. Prefiero el coste de haber gestionado las vacunas de una forma centralizada al coste de que cada uno se hubiera metido en una competición por ver quién conseguía más vacunas y ponía más dinero encima de la mesa. En todo caso, comparto que Europa es un proyecto a medio construir, aunque tenemos que mirar las cosas con una cierta perspectiva histórica. Europa se suicidó dos veces en el sigo XX y la realidad, un siglo después, es radicalmente distinta. Desde aquel tratado del acero y del carbón de los años 50, Europa se ha ido construyendo todos los días. Del Mercado Común pasamos a la Comunidad Económica Europea, y luego a la Unión Europea, ya sin adjetivos, con lo que se subraya que no es solo un proyecto económico sino también político. Repito: ¿Europa está a medio construir? Pues sí, pero eso se va resolviendo a diario, a medida que se afrontan problemas tan severos como los vividos. Además, no comparto que siempre se haya actuado mal, acuérdese de la crisis del euro y cómo se resolvió con una sola frase del presidente del Banco Central Europeo [Mario Draghi, 26 de julio de 2012: "El BCE está dispuesto a hacer lo que sea necesario para preservar el euro. Y créanme, será suficiente"].

"El guerracivilismo tiene que ver con que somos un país que no conoce suficientemente bien su propia historia"

P. Le preguntaba antes por el papel de Europa en el mundo, pero ¿y España? Da grima analizar cómo cambia el mundo y reparar luego en el tiempo que se consume en España hablando de la Guerra Civil...

R. Pues sí, porque España tiene un papel muy importante que jugar en la conexión de Europa tanto con Sudamérica como con el continente africano, sin excluir, obviamente, el posicionamiento en la nueva política exterior, en la relación de Estados Unidos 'versus' China, como hemos hablado. Pero para eso hace falta ser creíble fuera y eso solo se consigue con grandes acuerdos internos que transmitan una imagen de estabilidad. Parto de mi propia experiencia: la credibilidad de la política exterior de un país se basa fundamentalmente en la cohesión interna porque fuera se sabe que, aunque cambien los gobiernos, los grandes ejes de la política exterior no van a variar. En España no solo no se trabaja en esos grandes consensos sino que la política se ha instalado en un clima de polarización, confrontación y deslegitimación del contrario, que es lo que más me inquieta: el adversario pasa a ser el ‘enemigo a batir’. Ese clima es muy peligroso y pernicioso. Añádale a eso la concentración que se está produciendo en torno al poder ejecutivo, en detrimento del legislativo y del judicial. Que se merme la capacidad de control del ejecutivo desde el Parlamento es muy grave, pero, sobre todo, el poder judicial no puede estar sometido a los vaivenes de la política. Atención con esto porque lo que está en juego son los fundamentos de la democracia representativa. Es un asunto muy delicado, sobre todo en un país como España, que tiene un claro déficit en la relación del representante con el representado por el excesivo peso de los aparatos de los partidos políticos.

P. ¿Cuánto tiempo hace que se habla de ‘listas abiertas’ en España? ¿O de una reforma de la ley electoral? ¿O de la independencia de la Fiscalía y del poder judicial? Y nada…

R. Claro, porque quienes tienen que resolver esos debates son, precisamente, los beneficiarios del actual sistema. Aquello que sucedió con las Cortes franquistas, que se hicieron el 'harakiri', no es un fenómeno habitual en política, ni mucho menos. No, eso tiene que producirse por un impulso de los ciudadanos, que es otro de nuestros problemas endémicos: la debilidad de una sociedad civil articulada como contrapeso del poder político. También en esto tiene que ver que somos un país que no conoce suficientemente bien su propia historia, y es inevitable pensar en la responsabilidad que tiene en ello el sistema educativo. La cuestión es que si se conociera mejor la historia reciente, como sucedía en la Transición, estoy seguro de que determinados debates guerracivilistas no se producirían: el progresivo olvido de la historia es lo que lleva a determinados líderes políticos españoles a hablar como hablan.

"¿Hay alguien capaz de dar cinco nombres de la sociedad civil catalana de la actualidad? Todo eso ha sido fagocitado por el poder político"

P. Usted, que se define como ‘liberal reformista’, ¿está tan lejos de VOX como de Unidas Podemos?

R. De los planteamientos de Podemos me siento, no lejano, sino absolutamente ajeno porque son, como mínimo, de otro siglo; y con respecto a VOX estoy muy lejos de determinados posicionamientos políticos. Y de ambos no me gusta nada ese tono populista y elemental de sus mensajes. El populismo consiste precisamente en eso, en ofrecer respuestas simples a problemas complejos, identificando siempre a un enemigo con el que hay que acabar. Frente a eso, yo hago un elogio de la complejidad.

P. Hablaba usted de la importancia de la sociedad en democracia. ¿Cómo es posible que la sociedad catalana, que se presumía tan pragmática y cosmopolita, haya degenerado en ese enfrentamiento social por el independentismo?

R. Pues lo que yo creo, y lo digo con pesar como catalán, es que ha existido una sobrevaloración de las virtudes de la sociedad catalana y una sobrevaloración del papel histórico de la llamada ‘burguesía catalana’. Sucede, además, que se da la paradoja de que, en democracia, el poder político catalán, sustentado en el nacionalismo, ha debilitado enormemente la personalidad de la sociedad civil y de la burguesía catalana que, sin embargo, sí tuvo un protagonismo destacado al final del franquismo. Las pretensiones hegemónicas del poder político catalán lo han llevado a absorber la sociedad para sumarla a su proyecto nacional. ¿Hay alguien capaz de dar cinco nombres de la sociedad civil catalana de la actualidad? Pues va a ser muy difícil, porque todo eso ha sido fagocitado por el poder político. A partir de ahí, con la simplificación del debate, se llega a algo trágico: el desgarro y la ruptura en dos mitades de los catalanes y un 'impasse' de estancamiento de la política que, si no se soluciona muy rápido, tendrá consecuencias irreversibles. La clarísima decadencia de Cataluña, desde todos los puntos de vista, no solo el económico, sino también cultural o de proyección exterior, resulta especialmente triste para alguien como yo, nacido en Cataluña.