Josep Piqué • La Vanguardia • 20 de junio de 2022

No es un juego de suma cero

No es un juego de suma cero Ante la situación creada por la suspensión del acuerdo de Amistad entre Argelia y España, vigente hace veinte años, y la confusa suspensión de las relaciones comerciales, podría pensarse que es un coste inevitable asociado a la voluntad de “normalizar” la relación española con Marruecos. Como si fueran vasos comunicantes o un juego de suma de cero: lo que se consigue por un lado se pierde por otro.

La hipótesis se sustenta en las pésimas relaciones que, desde la independencia argelina hace sesenta años y con algún momento esporádico de distensión, vienen marcando la relación bilateral entre nuestros dos vecinos en el Magreb, incluyendo enfrentamientos militares, cierre de fronteras o ruptura de relaciones diplomáticas. Hoy, esa relación es peor que nunca, siendo el tema del Sáhara Occidental el desencadenante permanente, dada la incompatibilidad absoluta de las posiciones de ambos.

Pero ese juego de suma cero para España no siempre ha sido inevitable. De hecho, todos los gobiernos españoles desde 1976 han intentado mantener buenas relaciones con Rabat y Argel, simultáneamente. Un equilibrio sutil y, a veces, muy difícil, dado los contenciosos históricos que hemos mantenido con ambos. Con Marruecos, desde la marcha verde hasta la presión migratoria y la reivindicación de Ceuta y Melilla, y con Argelia, por su apoyo y refugio, en su momento, a ETA y al efímero movimiento independentista canario, en el marco de la guerra fría. Temas evidentemente no menores. Sin embargo, y con altibajos, siempre se ha procurado que su enfrentamiento bilateral no fuera obstáculo para salvaguardar los intereses de España en la región. Que son muchos y vitales.

Algunos son coincidentes: el control de los flujos migratorios y otros tráficos ilegales (armas, drogas,…) y la colaboración antiterrorista son ámbitos en los que no vale el juego de suma cero: necesitamos a los dos. Con Marruecos, además, las relaciones (comercio, inversiones, intercambios culturales y turísticos…) han ido a más, compitiendo en este sentido con Francia (y ahora también con China). Con Argelia, además de intereses económicos, el tema fundamental es el suministro de gas. Hasta ahora, ha sido nuestro principal suministrador, reduciendo al mínimo nuestra dependencia de Rusia, al contrario que otros países de la UE. Pero después de la cancelación del suministro por el gasoducto del Magreb, a través de territorio marroquí (algo conseguido por uno de nuestros grandes burgueses, Pere Durán, empeñado en que la colaboración a tres bandas era posible), nuestro principal suministrador ha pasado a ser Estados Unidos, con gas licuado y regasificado en nuestras plantas, pero más caro.

Además, después de la rectificación súbita de la posición secular de España sobre el futuro del Sáhara, Argel ha decidido no ampliar el gasoducto Medgaz, que conecta directamente por el mar con Almería, y que los posibles incrementos de suministro a Europa pasen a hacerse a través de Italia. Algo que afecta a nuestra ambición de ser el hub gasístico (aprovechando nuestra gran capacidad de regasificación) de la UE en el futuro y disminuye la urgencia de revitalizar las interconexiones con Francia (y eventualmente con Italia). Todo ello hace difícilmente entendible la lógica de tomar la decisión de cambiar la postura sobre el Sáhara precisamente ahora. Máxime dada la ausencia de explicaciones mínimamente convincentes en sede parlamentaria y de unas formas muy poco acordes con la necesidad de tener una política exterior coherente y fiable, algo que solo se consigue a través de consensos básicos, articulados en el Parlamento, y no sometidos al albur de la alternancia política.

El hecho de que la opinión pública española conociera la decisión a través de un comunicado del Rey de Marruecos, publicando parcialmente y sin previo aviso una carta que le dirige el presidente del Gobierno es una muestra más de la profunda anomalía de este episodio.

Hoy seguimos sin saber, más allá del retorno de la embajadora marroquí a Madrid (y de la retirada del argelino) y algunos movimientos aún confusos en el régimen aduanero con Ceuta y Melilla, qué es lo que se ha acordado entre Marruecos y España, más allá de alusiones enérgicas a la integridad territorial. No nos engañemos. Marruecos jamás va a renunciar a su reivindicación de Ceuta y Melilla o sus pretensiones sobre las aguas territoriales frente a Canarias. Algo que hace impensable una relación definitivamente “normalizada” y estable. La españolidad de las dos plazas de soberanía solo corresponde defenderla al Estado español con una adecuada estrategia de disuasión.

En definitiva, tenemos que acostumbrarnos y adaptarnos a una relación compleja, aunque compatible con esforzarse en una cooperación concreta en todos los demás ámbitos. Como se ha hecho hasta ahora. Y saber que no está en nuestras manos la reconciliación entre Marruecos y Argelia, salvo intentar ayudar a ambos en esa dirección.

Como ha demostrado la decisión argelina de cerrar el gasoducto del Magreb, limitar el Medgaz a su capacidad actual o suspender el tratado de amistad, la naturaleza política de los dos regímenes políticos magrebíes antepone los sentimientos a los intereses, y eso se verá con los contactos en curso para renegociar los precios del gas, aunque por contrato las cantidades deban respetarse hasta el 2035. También Alemania pensaba que el incremento de la interdependencia gasística con Rusia impediría cualquier conflicto con ella. Hemos comprobado, sobre todo en regímenes autocráticos, que hay razones que la razón no entiende.

Combinar pragmatismo y firmeza es el único camino, y procurar que el juego sea de suma positiva. No sea que pensar dará cero provoque un resultado negativo: que acabemos empeorando la relación de ambos.