Josep Piqué • La Vanguardia • 28 de marzo de 2022

Con Putin, no; con Rusia, sí

La enorme crueldad de las tropas rusas en Ucrania, destruyendo ciudades y objetivos civiles y provocando un éxodo sin precedentes en décadas, la clara violación de la legalidad internacional y de los acuerdos bilaterales (como el tratado de Budapest de 1994 por el que Ucrania cedía su arsenal nuclear a Rusia a cambio de la garantía de su integridad territorial) y las mentiras y falsedades continuas propagadas por Putin para, primero, negar su intención de invadir, y luego, justificar la invasión con argumentos delirantes (como el carácter nazi del Gobierno democrático y legítimo de Zelenski), llevan a la conclusión obvia de que lo único que hoy puede negociarse con Putin es un alto el fuego inmediato y un calendario de retirada de los territorios ucranianos ocupados.

Cualquier atisbo de confianza se ha evaporado por completo, y la confianza mutua es esencial para cualquier negociación seria sobre el futuro de Ucrania (que en ningún caso puede hacerse al margen de las instituciones ucranianas) y sobre una reconstrucción de una arquitectura de seguridad compartida para el continente europeo que busque la distensión y el desarme y la renuncia al uso de la fuerza para alterar las fronteras o limitar la soberanía de estados soberanos e independientes.

La reincorporación de Rusia a un marco de confianza común no es posible con su presidente Conviene recordar que, en plena guerra fría, durante la segunda mitad del siglo pasado, pudo ponerse en marcha la Conferencia de Seguridad y Cooperación en Europa (después transformada en la OSCE), tras largas negociaciones, en el Acta Final de Helsinki, a mediados de 1975.

La OSCE ha sido clave en la articulación de una seguridad compartida en Europa, incluyendo todos los países europeos, Estados Unidos y Canadá, y los países que integraban entonces la Unión Soviética (hoy quince estados independientes). Además, tiene como asociados los países de la vecindad europea, como los del Mediterráneo o, también, en el continente asiático.

El objetivo fue evitar, a través de un espacio de diálogo compartido y unos principios mutuamente aceptados, que el territorio europeo fuera, de nuevo, escenario de devastadores conflictos militares.

Entre esos principios, estaban el respeto a la integridad territorial y a la igualdad soberana de los estados y un equilibrio en términos de seguridad que incidía en que la seguridad de un país no podía ir en detrimento de la de los demás, absteniéndose de recurrir al uso de la fuerza y a la injerencia en los asuntos internos. Asimismo, establecía un compromiso de defensa de los derechos humanos, así como la cooperación entre estados y el respeto al derecho internacional.

La OSCE sigue vigente y Rusia forma parte de ella, pero la invasión de Ucrania la ha dejado prácticamente herida de muerte. La clara y flagrante transgresión de sus principios por Rusia la priva de su objetivo fundamental, que no es otro que la garantía de la seguridad y la paz en el continente euro­peo. Pero habrá que reanimarla y sacarla de su estado crítico e inevitablemente contar con Rusia para ello. Sin embargo, todo apunta que eso solo será posible con la salida de Putin del escenario.

La reintegración de Rusia en el consenso europeo es esencial, ya que, sin ella, la seguridad de todos va a seguir viéndose ame­nazada. La recuperación del espíritu de la OSCE y de los tratados limitativos y de reducción de armas nucleares firmados en los años ochenta y noventa, entre Estados Unidos y la Unión Soviética (endosados posteriormente por la Federación Rusa) y hoy denunciados por las partes, es imprescindible. No puede haber distensión y desarme sin un marco de confianza mutua. Se pudo hacer incluso en unos momentos tan difíciles como los de la guerra fría, que, recordemos, se basaba en el equilibrio del terror y la teoría de la destrucción mutua asegurada. Esa reincorporación de Rusia a un marco de confianza común no es posible con Putin. Pero sí que es muy deseable con una Rusia que vuelva a aceptar las reglas del juego y que no responda a los delirios de un sátrapa ultranacionalista capaz de las peores atrocidades.

Las consecuencias para Rusia y los ciudadanos rusos serán muy dolorosas De hecho, en contra de los argumentos habituales, Occidente intentó incorporar a Rusia después del colapso de la Unión Soviética y su derrota inapelable en la guerra fría. Primero, apoyando las medidas orientadas para la transformación de Rusia en una economía de libre mercado y para su propia transición a una democracia homologable. Luego, impulsando iniciativas como el Consejo OTAN-Rusia para el intercambio periódico de información sobre asuntos de seguridad y política militar y que funcionó positivamente hasta el 2008. Desde en­tonces (la intervención militar rusa en Georgia), fue perdiendo eficacia y prácticamente ha dejado de funcionar desde el 2014, tras la anexión ilegal de Crimea­ y la ocupación parcial del Donbass.

En cualquier caso, conviene preguntarse por qué aquellos países que han estado bajo la órbita rusa han aprovechado cualquier oportunidad para zafarse de ella y protegerse frente a sus renovadas ansias imperialistas. Y la respuesta está en la libertad.

Pero también debemos extraer algunas lecciones de la historia. Las posguerras han inaugurado largos paréntesis de paz cuando integraron a los perdedores en el nuevo esquema salido de su derrota. Así sucedió con Francia, en el Congreso de Viena, después de la victoria sobre Napoleón, o en la Segunda Guerra Mundial, incorporando ge­nerosamente al nuevo orden a Alemania y Japón.

El contraejemplo lo tenemos en el tratado de Versalles después de la Primera Guerra Mundial. Los revanchismos de los humillados aparecieron casi de inmediato y dieron lugar rápidamente a nuevos y devastadores conflictos militares.

Putin está saliendo derrotado, aunque consiga algún éxito militar sobre el terreno, en todos los frentes, y las consecuencias para Rusia y los ciudadanos rusos serán muy dolorosas. Pero hay que ir preparando el escenario post-Putin. Será entonces el momento de la generosidad si Rusia decide volver a formar parte de un orden internacional basado en las reglas y los principios que, en su día, inspiraron la creación de la OSCE. Ojalá pueda ser así.

Imagen: Peter Cziborra / Reuters