Josep Piqué • El Mundo • 27 de septiembre de 2021

El Aukus y Europa: ser conscientes de los propios límites

Estos acuerdos rompen la política norteamericana de no transferir tecnologías militares altamente sensibles

El acuerdo entre Estados Unidos, el Reino Unido y Australia (Aukus) ha generado multitud de reacciones, incluido el temor a una proliferación nuclear. Desde China ha sido recibido como lo que es: un acuerdo para contener eficazmente a China en su crecientemente agresivo expansionismo, a través de la disuasión por la fuerza militar. Su reacción ha sido, pues, coherente y predecible. Y ha querido contrarrestar el movimiento presentando su candidatura al Acuerdo Transpacífico firmado por 11 países de las dos orillas del Pacífico, después de la retirada de Estados Unidos. La contraofensiva será, además de militar, económica y comercial. Conviene no olvidar que China, excepto Rusia, no tiene aliados importantes y necesita ganar complicidades. Dese el Reino Unido, a pesar de su rol secundario en el acuerdo, supone reafirmar su estrategia Global Britain, en un intento de recuperar antiguas glorias imperiales después del Brexit y la aspiración de ser un actor global al margen de la Unión Europea. Un acuerdo anglo-sajón que viene a complementar el ya existente sobre intercambios de información (el llamado Five Eyes) que incluye, además, a Canadá Nueva Zelanda y que alimenta la pretensión británica –que no norteamericana, como se ha visto con el tema de Irlanda o la perspectiva de un acuerdo comercial- de mantener una “relación especial”. Para Australia, aun exponiéndose a las posibles penalizaciones por romper sus acuerdos con Francia (que, por otra parte, han pasado por enormes dificultades de implementación), se produce un auténtico salto cualitativo en su estrategia de defensa frente a China, a pesar de los intensísimos lazos comerciales que les unen y en un contexto de grave empeoramiento en sus relaciones bilaterales. No se trata solamente de disponer de submarinos de propulsión nuclear, que sólo tienen Estados Unidos, China, Rusia, el Reino Unido, Francia e India, y que permiten mayor rapidez y tiempo de sumersión, así como nada menos que 25 años sin necesidad de reabastecimiento. Se trata de intercambios de información, sistemas de defensa, adquisición de misiles Tomahawk, cibercapacidades, inteligencia artificial, tecnologías cuánticas, sensores sumergidos o drones. Unos acuerdos que rompen con la tradicional política norteamericana de no transferir tecnologías militares altamente sensibles. De hecho, la última vez fue con el Reino Unido, hace ya 63 años. Para Estados Unidos, el acuerdo refuerza su apuesta por el Indo-Pacífico y la concentración de sus esfuerzos para hacer frente a China, reafirmando su clara voluntad de permanecer en la región, con todas sus consecuencias. Ello es especialmente importante después de la pérdida de credibilidad de su política exterior y de su compromiso real con los aliados, con la retirada unilateral y vergonzosa de Afganistán o, previamente, dejando a los kurdos sirios abandonados a su suerte. Son claras muestras del “repliegue americano” de las zonas que ya no consideran estrictamente vitales para sus intereses. El Aukus es, pues, un claro mensaje dirigido a países como Japón, India o la propia Australia (el llamado Quad, que ha sido formal y solemnemente recibido en la Casa Blanca por el presidente Biden), de que el frente contra China va en serio y que los aliados asiáticos pueden fiarse. Ello incluye a Corea del Sur, Nueva Zelanda o a varios países del sudeste asiático, como Filipinas, Indonesia, Singapur o Vietnam. Y, por supuesto, a Taiwán, auténtica piedra de toque de la firmeza del compromiso y de la convicción de que la permanencia en la región no sólo es clave para contener a China sino, sobre todo, para seguir siendo una superpotencia global. Ciertamente, el acuerdo va a necesitar –en cuanto a los submarinos- años de implementación, pero es una irreversible apuesta estratégica que implica que la suma de los submarinos de propulsión nuclear de los tres países va a ser superior a los que tiene China y que la puesta en común de capacidades y sistemas supone más que la mera suma. Además, Estados Unidos va a poder utilizar la base australiana de Perth para su propia flota. Pero el acuerdo tiene también sus repercusiones sobre los aliados europeos –particularmente con Francia- y la propia Unión Europea. Con Francia porque, además de perder un suculento contrato, se queda al margen de una estrategia “occidental” en el Indo-Pacífico. Francia tiene una presencia significativa en el Pacífico Sur (en Nueva Caledonia y en la Polinesia) y también en el Índico, en torno a Isla Mauricio. De ahí que considere la región como algo que atañe directamente a sus intereses y pretende ser un actor relevante. El Aukus (y la ruptura con los acuerdos con Australia) atenta directamente a su estrategia global. Por ello, su virulenta reacción, retirando embajadores o utilizando un lenguaje nada diplomático (“una puñalada por la espalda”), es perfectamente explicable. Sin embargo, no le conviene romper. La petición de excusas por las formas utilizadas por parte de Estados Unidos debe aprovecharse y el próximo encuentro entre Biden y Macron será clarificador. Otra cosa es que Francia –de forma incoherente- esté utilizando la situación para insistir en la necesidad de la “autonomía estratégica” europea y, sobre todo, en alejar a Europa de Estados Unidos y debilitar el vínculo atlántico que sustenta la propia Alianza Atlántica que, en opinión del presidente Macron, está en “muerte cerebral”. Algo que viene a incrementar el debate europeo sobre la necesidad de disponer de una auténtica capacidad de defensa y seguridad más allá de la OTAN, como fundamental para avanzar en la integración europea entendida como un auténtico proyecto político. Ningún europeísta discute esa necesidad. Pero debemos ser conscientes de que tal decisión no puede venir condicionada por los intereses de un país miembro aunque sea el más poderoso militarmente. Europa debe ser consciente de sus propios límites y no plantearse objetivos demasiado ambiciosos para este momento. Lo más razonable es trabajar en paralelo para reforzar significativamente el pilar europeo de la OTAN, haciendo valer ese mayor peso en la toma de decisiones, y dotar a la UE de capacidades militares y operativas propias en caso de amenazas o necesidades específicas, implementando fuerzas especiales de intervención rápida, intercambios de inteligencia y de tecnologías avanzadas de inteligencia artificial y cuánticas para combatir en guerras híbridas. Y aprovechar el Fondo Europeo de Defensa y la coordinación intergubernamental para disponer de una auténtica industria europea de defensa que proporcione una menor dependencia de suministros exteriores. No es ocioso recordar que la suma de los gastos en defensa de los Veintisiete es la segunda del mundo. El problema es que gastamos mal y con duplicidades evidentes. Para Europa es mejor concentrar nuestro esfuerzo en las amenazas dentro (luchando coordinadamente contra el terrorismo o los ataques cibernéticos) y fuera, en las fronteras del este y del sur, máxime teniendo en cuenta el repliegue norteamericano y su concentración en el Indo-Pacífico. Algunas voces dentro de la Unión han lamentado el ninguneo sometido por Estados Unidos tanto en Afganistán como con el Aukus. Pero debemos ser conscientes de que la UE como tal no es un sujeto político relevante en materia de seguridad y defensa. Y que no disponemos de una auténtica política exterior común. Así lo constató Biden en su gira europea. La relevancia y la credibilidad vienen no solo de las palabras sino de los hechos. Y ser coherentes a la hora de aprobar los presupuestos. Sería iluso pretender hoy ser una potencia global, incluida una presencia militar en el Indo-Pacífico, cuando los propios Estados Unidos han renunciado a ser la “potencia indispensable” y centrar sus esfuerzos fundamentales en Asia. Antes hay que calcular bien las propias capacidades, saber los límites y hacer los deberes. Y son muchos.

Ilustración LPO