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Josep Piqué • Política Exterior • 25 de noviembre de 2021

No es un juego de suma cero

Sería un error mayúsculo pensar que más integración europea implica menos compromiso de y con EEUU. Y, desde luego, sería también una equivocación plantear hoy como horizonte un ejército europeo.

El nuevo mundo bipolar, caracterizado por la pugna holística y sistémica entre Estados Unidos y China, tiene un componente tripolar cuando hablamos de poder militar y capacidad de desarrollar guerras híbridas. El tercer polo es, obviamente, Rusia.

La capacidad nuclear de Rusia es equivalente a la de EEUU. Ambos están muy por encima aún de China, aunque esta ha acelerado significativamente su desarrollo (se habla de unas 1.000 cabezas nucleares de aquí al final de la presente década). Rusia cuenta también con importantes avances en tecnología militar (misiles hipersónicos, submarinos, drones, etcétera) y es un actor clave en ámbitos geopolíticos tan vitales como el Ártico. El polo ruso es también fundamental por su creciente alianza con China, que incluye desde intercambios tecnológicos a suministros de material sensible de última generación, pasando por maniobras aeronavales conjuntas.

Este escenario tripolar supone un enorme desafío para la Unión Europea, sometida a presiones crecientes en sus fronteras (Ucrania, Bielorrusia, el mar Negro y el Mediterráneo oriental, por una parte, y el norte de África y el Sahel, por otra). Las presiones no son solo militares o de amenaza terrorista, sino que toman muchas veces elementos de guerra híbrida, como ciberataques, violación de fronteras por migraciones ilegales alentadas desde el exterior o la desinformación para la desestabilización interna de los Estados miembros y, por extensión, de la propia UE.

Por otra parte, es cada vez más evidente la concentración de EEUU en el frente del Indo-Pacífico y su repliegue de zonas antaño estratégicas como Oriente Próximo o Asia Central. Un repliegue que incluye a Europa, en el marco del desplazamiento del centro de gravedad desde el Atlántico al Indo-Pacífico, y que afecta indudablemente a la fortaleza del vínculo atlántico, expresada fundamentalmente por la OTAN.

«La ampliación hacia el este de Europa de la OTAN ha consolidado democracias liberales y ha marcado límites a Rusia, al precio de una creciente agresividad de Moscú para recuperar sus zonas de influencia de antaño»

La alianza político-militar contribuyó decisivamente a la victoria occidental en la guerra fría de la segunda mitad del siglo XX y, desde entonces, viene buscando su sentido estratégico. Ciertamente, su ampliación hacia el Este de Europa ha consolidado democracias liberales y ha marcado límites a Rusia, al precio de una creciente agresividad de Moscú para recuperar sus zonas de influencia de antaño. También ha buscado su justificación en el marco de la lucha global contra el terrorismo, incluyendo su actuación en marcos geográficos tan alejados de Europa, como Afganistán. Una experiencia, como acabamos de ver, no precisamente exitosa.

Dada la desaparición del enemigo originario –la Unión Soviética–, la presión norteamericana para que el pilar europeo de la OTAN asuma mayores responsabilidades, sobre todo en materia presupuestaria –que se concreta en el compromiso de gastar al menos un 2% del PIB en defensa– ha sido creciente. Esta presión comenzó con Barack Obama, fue seguida de forma desabrida por Donald Trump, y es asumida por la actual administración de Joe Biden, a pesar de una mejora en las formas y en las declaraciones públicas –no siempre acompañadas por los hechos, como se ha visto en Afganistán–, en las que reafirma su voluntad de preservar y fortalecer el vínculo atlántico en el marco de la alianza entre democracias.

Ciertamente, tal pretensión, lógica e indiscutible desde muchos puntos de vista, tiene sus matices. Uno de carácter estratégico y que señaló con claridad en su día la secretaria de Estado Madeleine Albright, y que se llamó los límites de “las tres D”. El desarrollo de iniciativas europeas en materia de defensa y seguridad no podían “duplicar” las capacidades de la OTAN, no debían “desacoplar” la toma de decisiones, ni “discriminar” a los miembros de la Alianza que no son miembros de la Unión. Dicho de otro modo, cualquier avance europeo deberá contar con el beneplácito de EEUU. Tal doctrina sigue fundamentalmente vigente. Otro matiz importante es que llegar al compromiso del 2% del PIB del gasto en defensa, dada la actual situación de la industria europea de defensa, implica, a corto plazo, incrementar la dependencia en los suministros de la industria estadounidense. Por tanto, reducir la posible autonomía europea. En tercer lugar, dentro de la UE existen países muy remisos a reducir el compromiso de Washington con la OTAN, que consideran imprescindible para su seguridad (en especial, los que se sienten amenazados por Rusia), pero también porque, sobre todo después del Brexit, significaría una dependencia de Francia y de sus intereses geopolíticos, no siempre coincidentes y que, a la postre, no garantizarían su seguridad suficientemente.

«Dentro de la UE existen países muy remisos a reducir el compromiso de Washington con la OTAN, entre otras cosas porque, sobre todo después del Brexit, significaría una dependencia excesiva de Francia y de sus intereses geopolíticos»

Es cierto que Francia ha sido siempre defensora de una autonomía estratégica frente a EEUU, desde que el general De Gaulle abandonara la estructura militar de la Alianza en los años sesenta. Desde París, además, se ha lanzado la idea del ejército europeo. También es verdad que la confusión de intereses entre los de Francia y Europa se ha manifestado con claridad a raíz del pacto AUKUS entre Australia, Reino Unido y EEUU. Pero ello no debe implicar la renuncia a profundizar en un nuevo papel de la UE y la redefinición de su relación con EEUU en el marco de la Alianza Atlántica, más allá de las relaciones bilaterales de algunos países (como España y las bases de Rota y Morón), que se remontan a los años cincuenta y que siguen vigentes.

Ahora estamos ante un doble reto: la definición de un nuevo “concepto estratégico” de la OTAN, en la próxima cumbre de finales de junio en Madrid, y el avance en la autonomía europea definido por la llamada “brújula estratégica” (Strategic Compass) propuesta por el Alto Representante, Josep Borrell, que se debatirá en los próximos meses y, eventualmente, se aprobará durante la presidencia francesa de la UE en el primer semestre de 2022. Es imprescindible que ambos ejercicios y documentos sean compatibles, complementarios y que aporten sinergias visibles para todos.

Tal voluntad de compatibilidad y complementariedad es explícita en el documento sobre la “brújula estratégica” y debería serlo también en la definición del nuevo “concepto estratégico”. Sería un error mayúsculo pensar que más integración europea implica menos compromiso de y con EEUU. Y, desde luego, sería también una equivocación plantear hoy como horizonte un ejército europeo. El Strategic Compass no lo hace, y todo apunta que el principal defensor de tal concepto, Francia, lo asume. No estamos ante un juego de suma cero.

Se trata de tener capacidad propia para actuar en aquellos ámbitos en los que los intereses europeos –no solo económicos, sino estratégicos y de defensa de nuestros valores liberales y democráticos– se vean amenazados directamente, ámbitos que EEUU puede considerar que no son estrictamente vitales para ellos, dada su concentración estratégica en el Indo-Pacífico.

«Es imprescindible que la ‘brújula estratégica’ europea y el nuevo ‘concepto estratégico’ de la OTAN sean compatibles, complementarios y que aporten sinergias visibles para todos»

Ello requiere priorizar las amenazas identificadas, tanto militares como civiles –en las zonas “grises” integradas en el concepto de “guerra híbrida”–, y establecer mecanismos de toma de decisiones que, a través de abstenciones constructivas –sin romper necesariamente el principio de unanimidad– o la puesta en marcha de “cooperaciones reforzadas” desarrolladas en el Tratado de Niza y expresadas en el artículo 44 del Tratado de Lisboa, permitan desarrollar capacidades propias interoperables, desde una Fuerza de Intervención Rápida –propuesta para 5.000 efectivos a probar en maniobras militares conjuntas y que den lugar a un auténtico cuartel general en el futuro–, a la articulación de respuestas concretas de naturaleza militar –con aviones de transporte y de reabastecimiento en vuelo, drones submarinos, ciber-infraestructuras, o patrullas de reconocimiento aéreo– o híbridas –de origen cibernético o desde el espacio, incluidas las operaciones de desinformación–.

Pero se trata también de desarrollar capacidades propias en el ámbito industrial, que no deben ser percibidas por EEUU como un menor compromiso, sino justamente como un refuerzo del mismo.

Tales respuestas requieren, obviamente, financiación. Y esta debe ser comunitaria. El camino abierto con los fondos Next Generation debe ser una guía para que el presupuesto de la UE integre tales esfuerzos desde una perspectiva supranacional. Ello no va a ser fácil, pero como dice Borrell, “la UE está en peligro” y la respuesta no puede ser otra que la profundización de la integración en el ámbito estratégico de la seguridad y la defensa, para que los ciudadanos europeos se sientan protegidos en sus valores e intereses.

Nada de esto es contradictorio con el reforzamiento del compromiso del pilar europeo en la Alianza Atlántica, como reclaman muchos países, superando el concepto de las “tres D”, pero asumiendo que nuestra seguridad está inextricablemente unida a EEUU y que nada debe hacerse en su contra.

Cuanta mayor sea nuestra coresponsabilización, mas sólido será el vínculo atlántico. Dicho de otro modo, solo si Europa se toma en serio a sí misma y madura como proyecto político, EEUU tomará en serio a Europa. A todos los que creemos en la libertad, nos interesa que así sea.