Josep Piqué • El Mundo • 11 de enero de 2022

Kazajistán: ni contigo ni sin ti

El autor explica la compleja relación geoestratégica de Kazajistán con las potencias vecinas y subraya que la crisis en esta república es una oportunidad para Moscú para reafirmar su hegemonía en Asia Central

«Ni contigo ni sin ti tienen mis males remedio; contigo porque me matas, sin ti porque me muero». La copla popular, atribuida a Antonio Machado y cantada, entre otros, por Emilio José, viene como anillo al dedo para interpretar lo que está sucediendo en Kazajistán.

Hagamos un poco de historia.

El territorio de lo que hoy es la República de Kazajistán ha sido objeto de deseo por diversos poderes imperiales, facilitado por una población tradicionalmente nómada de origen mongol y naturaleza túrquica.

Pero a partir del siglo XIX, en el marco del Great Game entre los imperios ruso y británico en Asia Central, el territorio ha estado de una forma u otra sometido al poder imperial ruso, primero con los zares y luego bajo la Unión Soviética. Tal sometimiento ha venido históricamente acompañado de agravios culturales, étnicos y sociales muy profundos -incluyendo hambrunas provocadas por las políticas de Stalin y de Krushov o pruebas nucleares trágicas- y que están en el subconsciente colectivo de los kazajos, que constituyen algo más de dos tercios de la población actual de la República. Sin embargo, la relación con Rusia, con la que comparte casi 8.000 kilómetros de frontera sin apenas obstáculos naturales, ha sido y es particularmente estrecha. Cabe recordar, como ejemplo, que el cosmódromo de Baikonur, antes soviético y hoy alquilado por Rusia, está en ese país. Además, junto con Ucrania, Bielorrusia y la propia Rusia, tenía armamento nuclear soviético.

Kazajistán es un enorme Estado (casi cinco Españas y media) pero con una escasa población (apenas 19 millones de habitantes) y que cuenta con una importante minoría rusa cercana al 17%, particularmente concentrada en el norte del país fronterizo con Rusia.

Cuando colapsó la URSS hace 30 años, Kazajistán se declaró República independiente y, desde entonces, ha estado dirigida férreamente hasta 2019 por el ex secretario general del Partido Comunista kazajo y, luego, primer presidente del país, Nursultán Nazarbáyev. Ese año cedió la presidencia a un títere, Kasim-Yomart Tokáyev, aunque se aseguró el control de facto, encabezando el omnipotente Consejo de Seguridad Nacional.

Nazarbáyev era consciente de que un país tan extenso y tan poco poblado, con una minoría rusa significativa en el norte, será siempre ambicionada por Rusia. Y tomó una serie de decisiones encaminadas a compatibilizar una buena y estrecha relación con Moscú con una reafirmación de la soberanía de la nueva República. Así, decidió desplazar la capital desde Almaty, en el sur, a Astaná (hoy rebautizada Nursultán, en un obsceno ejercicio de culto a la personalidad) en el norte del país y a poca distancia de Rusia, mostrando así su claro rechazo a cualquier planteamiento anexionista. También decidió cambiar el alfabeto cirílico por el occidental. Y, sobre todo, estableció como principio de su política exterior, su carácter multivectorial. Es decir, llevarse bien con Rusia, pero también con China (el otro gran vecino al este del país), con Turquía y con Occidente, intentando atraer inversiones y comercio tanto con Estados Unidos como con Europa. De hecho, la presencia empresarial occidental en un país enormemente rico en hidrocarburos y minerales es muy significativa y ha sido bienvenida. Incluso cuenta con un Plan Individual de Asociación con la OTAN.

Precisamente, ese carácter geoestratégico entre Europa y Asia, y sus enormes recursos en gas, petróleo, uranio (es el primer país productor y exportador del mundo de ese mineral, básico para las centrales nucleares), manganeso, cobre, cobalto o níquel, productos básicos para las nuevas tecnologías, explica el interés que despierta el país entre las grandes potencias. Ahora cabe añadir asimismo el hecho de que es un importante minador de criptomonedas, de forma que el cierre de internet ha generado bajas significativas en su cotización.

Con China ha implementado grandes inversiones conjuntas en el marco de la estrategia de la Franja y la Ruta, puesta en marcha y anunciada internacionalmente por Xi Jinping, precisamente en Kazajistán. No es casual, pues, el inmediato apoyo sin fisuras que el régimen chino está dando a Tokáyev, incluyendo el aval explícito a la represión brutal de estos días, que incluye el permiso de «tirar a matar, sin previo aviso».

Con Turquía, la relación ha tenido un componente sobre todo cultural y de afinidad lingüística, formando parte del Consejo de Países de Habla Túrquica. Asimismo, mantiene buenas relaciones con los países del Golfo y es integrante de la Conferencia Islámica.

Son ejemplos de pasos encaminados a mantener una política exterior diversificada y que ha buscado preservar la soberanía y la autonomía estratégica del país, frente al tradicional expansionismo ruso, que considera el Asia Central como otra de sus áreas naturales de influencia.

No obstante, inevitablemente, la relación con Moscú ha seguido siendo muy estrecha en el ámbito político, económico y de seguridad. No en vano es miembro de la Comunidad de Estados Independientes, la Comunidad Económica Euroasiática o de la Organización del Tratado de Seguridad Colectiva, todas ellos impulsadas y lideradas por Rusia. Dicho Tratado ha dado la cobertura a pretender legitimar el envío de un importante contingente militar ruso para contribuir a la represión de las revueltas populares y apoyar decididamente al régimen.

Esas movilizaciones, provocadas por un alza desproporcionada del gas licuado, pronto evolucionaron hacia una demanda de profundas reformas políticas, que han puesto en serio peligro la continuidad del propio régimen, con decenas de muertos y graves enfrentamientos armados.

Aparentemente, se trata de un movimiento fundamentalmente endógeno, pero en el que no cabe descartar posibles impulsos exteriores y de una incipiente oposición en el exilio, pero tampoco luchas entre fracciones rivales dentro del propio régimen, como lo muestra la detención de un antiguo primer ministro y responsable hasta ahora de la Seguridad Nacional, o la propia destitución de Nazarbayev de su puesto junto a la dimisión forzada de todo el Gobierno.

ASÍ, más allá de la pugna por las riquezas naturales del país, esos movimientos pueden enmascarar también la lucha entre los partidarios de mantener la independencia efectiva del país y los que, para garantizar su supervivencia, prefieren ponerse en manos de Moscú. Todo apunta a que Tokáyev ha preferido esta última opción.

El régimen kazajo necesita de Rusia para sostenerse, ya que se trata de una autocracia, corrupta y extractiva, con una reducida élite que mantiene a la población en situación de pobreza, a pesar de los ingentes recursos naturales del país y su capacidad exportadora. Sin instituciones sólidas, la autocracia kazaja difícilmente puede sobrevivir cuando vienen situaciones de crisis como la actual. Pero el coste es evidente: la limitación de su soberanía.

Para Rusia es, pues, una oportunidad para reafirmarse en su hegemonía en las antiguas repúblicas soviéticas del Asia Central, a través del control de facto de países con soberanía limitada, según la doctrina brezneviana. Algo similar a lo que ha practicado Putin recientemente con la Bielorrusia de Lukashenko. Sin embargo, le abre un nuevo frente de atención, que puede ser grave si las revueltas populares siguen poniendo en jaque al propio régimen y obligando a ampliar la intervención militar e incluso hacerla permanente. Circunstancia que complicaría el mantenimiento de la actual presión sobre Ucrania y la voluntad de poner límites a la OTAN en su posicionamiento en Europa Central y Oriental. La estrategia de zona gris en una guerra híbrida podría volverse en contra. Hay mucho en juego.

En cualquier caso, las coplas populares, como la machadiana, no pierden su sentido.

Contigo, porque me matas (la independencia efectiva de Kazajistán), sin ti porque me muero (y cae el actual régimen).

En ese dilema, mis males no tienen remedio...

Ilustración Sean Mackaoui