Josep Piqué • Política Exterior • 6 de mayo de 2022

Ucrania: hacia la cronificación

Rusia ya ha perdido la guerra, pero no va a asumirlo. Y Ucrania, a pesar de todo, la está ganando, pero a un coste cada vez más inasumible. Todo apunta a la cronificación del conflicto.

Dos meses y medio después del inicio de la invasión de Ucrania por Rusia, se pueden extraer ya algunas conclusiones provisionales. Es cierto que es muy prematuro ir más allá. La evolución de la guerra está sujeta aún a muchas incógnitas y variables, y la desinformación o las informaciones sesgadas o falsas, propias de cualquier conflicto bélico, dificultan hacer afirmaciones taxativas o, ni tan siquiera, mínimamente sólidas y basadas en realidades incontestables.

Pero algunas cosas sí que pueden ya afirmarse. El objetivo de Rusia era, sin duda, efectuar una ofensiva rápida y contundente –basada a priori en un enorme desequilibrio de fuerzas– que tuviera como consecuencia inmediata el colapso de las instituciones ucranianas y la caída del gobierno de Volodímir Zelenski y su sustitución por uno títere que neutralizara de facto la soberanía y su subordinación a los intereses estratégicos de Moscú, evitando cualquier posibilidad de una integración de Ucrania tanto en la Alianza Atlántica como en la Unión Europea.

Además, Rusia pretendía controlar, más allá del Donbás en su totalidad y de Crimea –que ya forma parte de Rusia desde 2014–, dos corredores. Uno, al este, entre Crimea y Rusia; otro, al oeste, entre Crimea y Trasnistria, cortando cualquier acceso directo de Ucrania al mar de Azov y al mar Negro. Rusia controlaría así todos los puertos e impediría el libre acceso a la principal vía comercial de Ucrania, que debería someterse a los intereses de Moscú, convirtiéndose en un país vasallo.

«Rusia pretendía lanzar un mensaje a Occidente, que tendría que asumir que cualquier nueva ampliación de la OTAN no sería posible»

Parece difícil pensar que Rusia quisiera invadir y, en consecuencia, ocupar la totalidad del país. Para ello, las fuerzas militares terrestres desplegadas deberían ser sustancialmente mayores y solo sería posible con una movilización forzosa masiva difícil de sostener, máxime teniendo en cuenta la más que previsible resistencia ucraniana y una población muy mayoritariamente hostil.

Por otra parte, Rusia pretendía lanzar un mensaje a Occidente, que tendría que asumir que cualquier nueva ampliación de la OTAN no sería posible y que, si quisiera reconstruir una mínima arquitectura de seguridad en el continente, debería replegar sus efectivos militares a las posiciones previas al colapso de la Unión Soviética.

Tal pretensión descansaba sobre dos convicciones. La primera se derivaba de la débil respuesta occidental a las anteriores agresiones rusas en Moldavia –apoyando la “independencia” de Trasnistria–, en Georgia –haciendo lo propio con Osetia del Sur y Abjasia– o en la propia Ucrania en 2014, con la anexión ilegal de Crimea y la ocupación parcial del Donbás. Sin contar con las intervenciones en Siria y en Libia –indirecta, pero patente– o el uso del ejército ruso en apoyo del gobierno kazajo hace unos pocos meses. Rusia no contaba con una respuesta unitaria y contundente de la Alianza Atlántica, con Estados Unidos en una posición inequívoca, al igual que –con todos los matices– la Unión Europea.

La segunda era que EEUU, concentrado en el Indo-Pacífico y en su pugna sistémica con China, no iba a considerar la invasión de Ucrania como una amenaza a sus intereses vitales y a su seguridad. Pero esa misma concentración en el Indo-Pacífico comporta la necesidad de un compromiso con sus aliados en Europa, para transmitir un mensaje disuasorio claro a China ante cualquier tentación de intervenir en Taiwán.

«La resistencia heroica de Ucrania ha propiciado que Occidente aporte cada vez más dinero y armas, convencido de que puede evitar la victoria de Moscú y debilitar no solo la imagen y prestigio de sus fuerzas armadas, sino de la propia economía rusa»

Al mismo tiempo, la caída del gobierno de Zelenski parecía tarea fácil, comenzando por la eliminación física o, en el mejor de los casos, su salida al exilio, propiciando un vacío que llevara a una rendición inmediata del ejército ucraniano.

Todo eso le ha fallado a Vladímir Putin. Los resultados hasta ahora son todos contraproducentes para sus intereses. La resistencia heroica de Ucrania y el valiente y eficaz liderazgo de Zelenski no solo han roto sus planes, sino que han generado una mayor e irreversible conciencia nacional ucraniana y anti-rusa, en contradicción con el sueño nacionalista de la gran Rusia eslava. Y ha propiciado que Occidente aporte, cada vez en mayor medida, dinero y armas a Ucrania, desde la convicción que ello puede evitar la victoria de Moscú y debilitar no solo la imagen y prestigio de sus fuerzas armadas, sino de la propia economía rusa, enormemente castigada por las sanciones y por las necesidades financieras de mantener una guerra de desgaste indefinida.

Al mismo tiempo, la OTAN ha movilizado sus capacidades en la frontera con Rusia más que nunca y se ha abierto la puerta a una ampliación inmediata para dar respuesta a las inquietudes de países hasta ahora neutrales como Suecia y Finlandia, estrechando el cerco en el Báltico. La Alianza ha recuperado plenamente su “objeto social” y el apoyo mayoritario de los ciudadanos europeos ante la evidencia de la amenaza rusa a su seguridad colectiva, reforzando además el vínculo transatlántico.

Es cierto que, mientras las sanciones no incluyan medidas contundentes sobre las importaciones de hidrocarburos, Rusia está evitando su colapso económico. De momento, el rublo se sostiene y su sistema bancario ha mostrado su resiliencia. Pero incluso antes de que las sanciones energéticas vayan materializándose, todo apunta a una caída del PIB en torno al 15% y una inflación superior al 20% para este año. De ahí la enorme relevancia de los debates en el seno de la Unión sobre las importaciones de carbón –ya decidida su eliminación–, petróleo –que saldrán adelante pronto, a pesar de las dificultades– y, por supuesto, gas. La posición final de Alemania en este punto es crucial. Y se va avanzando. En cualquier caso, la aceleración del calendario de reducción drástica de su dependencia del gas ruso es ya una realidad.

«Un factor decisivo ha sido la ventaja ucraniana a la hora de controlar las comunicaciones del ejército ruso o su capacidad para neutralizar ciberataques sobre infraestructuras críticas»

Por otra parte, todos los analistas militares están de acuerdo en mostrar su sorpresa ante las evidentes pruebas de incompetencia militar por parte de las fuerzas armadas rusas, tanto desde un punto de vista estratégico como táctico y operativo.

La manera de plantear la invasión, atacando de manera descoordinada en cuatro frentes, los flagrantes problemas logísticos, la escasa o nula coordinación entre las fuerzas terrestres y la artillería y la aviación, o la no concreción de su superioridad aérea y naval son algunas muestras. Es sorprendente que no explotase la enorme asimetría entre las respectivas fuerzas aéreas, o el humillante hundimiento del Moskva, su buque insignia en el Báltico.

Ambas cosas tienen sus consecuencias en el campo de batalla: los aviones rusos apenas disponen de armamento guiado, lo que les obliga a volar bajo y ser blanco fácil de los ataques antiaéreos ucranianos, y los buques rusos han tenido que alejarse de la costa, haciendo cada vez más difícil un asalto anfibio a Odesa.

En buena medida, en la base de esos hechos está la ventaja ucraniana a la hora de controlar las comunicaciones del ejército ruso –algo letal para sus intereses– o su capacidad para neutralizar ciberataques sobre infraestructuras críticas. Evidentemente, esto ha sido posible gracias a la ayuda estadounidense, que viene dándose desde 2014, después de la primera guerra ruso-ucraniana.

Pero tampoco conviene olvidar otra realidad: la enorme corrupción que ha ido en detrimento de equipamientos o de mantenimiento adecuados –sin obviar que la corrupción es también generalizada en Ucrania–. O la gran diferencia entre las fuerzas armadas: la moral de la tropa. Los ucranianos luchan por su libertad y la supervivencia de su propio país. Los rusos, tropas de leva en su mayoría, están desmotivados y sin objetivos claros y sometidos a unos mandos descoordinados entre sí, mal comunicados y que, por la necesidad de estar sobre el terreno, han sufrido importantes bajas.

«Las enormes pérdidas humanas y materiales por parte de Rusia probablemente han impulsado la devastación y los crímenes de guerra»

No sabemos las cifras reales, pero todo apunta a enormes pérdidas humanas y materiales por parte de Rusia. Lo que por otra parte no ha obstaculizado –probablemente ha impulsado– la devastación en las zonas de conflicto, los crímenes de guerra y los bombardeos masivos contra la población civil en las ciudades.

El resultado de todo ello sí que es patente: Rusia ha abandonado, al menos por ahora, la ocupación de Kiev y su presencia en el norte, el este y el sur, para concentrarse en el sureste y consolidar su posición en el conjunto del Donbás, incluyendo un corredor hasta Crimea, con el trágico peaje de la destrucción criminal de Mariupol. Difícilmente, podrá aspirar a tomar Odesa, al menos en un plazo previsible, aunque pueda seguir bombardeándola con misiles, desde el mar Negro, mientras dure el enfrentamiento bélico.

Dicho en breve: todo apunta a que ninguno de los dos bandos va a aceptar su derrota, pero tampoco podrá cantar victoria. Estamos ante una guerra de desgaste con dos ejes de coordenadas: los límites de la capacidad económica y militar rusa de mantenerla mucho más tiempo y los límites de la resiliencia ucraniana, determinada por los suministros de Occidente, que van a ser duraderos y crecientes, dado el objetivo de debilitar a Rusia y que abandone cualquier tentación de futuras agresiones.

Las víctimas de esta historia son los soldados, los civiles y los millones de desplazados ucranianos que sufren las consecuencias de un conflicto geopolítico de enorme magnitud. Por ello, es perentorio un alto el fuego, que se podría producir cuando las partes entiendan que no les conviene prolongar el conflicto, dados los costes que esto supondría. Probablemente, no estamos aún en ello, porque las partes piensan que todavía pueden mejorar su posición relativa.

Rusia ya ha perdido la guerra, pero difícilmente va a asumirlo. Y Ucrania, a pesar de todo, la está ganando –simplemente porque no la pierde–, pero a un coste cada vez más inasumible.

El resultado más previsible, en este contexto, es la cronificación del conflicto. Solo cuando eso se produzca habrá que pensar en eventuales posibles salidas diplomáticas que respondan únicamente la voluntad soberana de los ucranianos. No es admisible una nueva Yalta en la que unas potencias externas deciden sobre el futuro de las naciones, en función de sus intereses geopolíticos y de la correlación de fuerzas.

Hoy por hoy, el alto el fuego no parece todavía posible. Pero no perdamos la esperanza de que el sufrido y valiente pueblo de Ucrania consiga la paz, la seguridad y la libertad que, sin duda, se están ganando con el precio de su ingente sacrificio. Nuestra responsabilidad moral nos obliga a apoyarles. Porque también están luchando por nosotros y por nuestra seguridad y libertad.