MALACA EL CONFIDENCIAL ARTICULO
Josep Piqué • El Confidencial • 18 de febrero de 2020

Malaca: centro de gravedad y campo de batalla

Hace unas décadas, EEUU parecía la única superpotencia. Rusia estaba en situación de extrema debilidad y China estaba aún muy lejos de ser la segunda economía del mundo

Hace muchos años, defendí que el centro de gravedad del planeta en el presente siglo XXI iba a estar en torno al estrecho de Malaca. Para muchos, tal hipótesis parecía cuanto menos arriesgada y, desde luego, contraintuitiva. Estados Unidos era percibido como la única superpotencia, Rusia estaba en situación de extrema debilidad, después del colapso de la Unión Soviética, y China estaba aún muy lejos de ser la segunda —o la primera, si medimos su PIB en términos de paridad de poder adquisitivo— economía del mundo.

Estados Unidos no solo había salido victorioso de la Primera Guerra del Golfo contra Irak, tras la invasión de Kuwait, sino que había mostrado una apabullante superioridad militar, tecnológicamente muy sofisticada. Y seguía siendo el factor estabilizador en los conflictos internacionales, como se vio en las guerras de los Balcanes, a través de la OTAN (y ante la manifiesta incapacidad militar y política de los países europeos para canalizar y resolver las sangrientas y criminales confrontaciones en la antigua Yugoslavia).

Y parecía ser, por poner otro ejemplo, el único país capaz de dirimir en conflictos tan enquistados como el de Israel y Palestina. De hecho, nunca se estuvo tan cerca de un acuerdo de paz como a través de los llamados Parámetros de Clinton en las conversaciones de Camp David y de Akaba.

Ni tan siquiera los ataques terroristas del 11-S alteraron aparentemente esa visión. Estados Unidos puso en marcha la llamada 'guerra contra el terror', y, con destacable consenso internacional, se produjo la invasión de Afganistán que, bajo el gobierno talibán, había dado cobijo geográfico y logístico a Al Qaeda.

La guerra de Afganistán dura todavía hoy, 20 años después, y parece que solo podrá resolverse mediante acuerdos entre Estados Unidos y los talibanes, dejando un papel secundario a las autoridades afganas reconocidas internacionalmente.

Además, Estados Unidos inició poco después la invasión de Irak, dando lugar a la Segunda Guerra del Golfo que, si bien supuso derrocar a Sadam Husein, ha sumido el país en un caos inestable que ha contagiado a sus vecinos, especialmente Siria, permitiendo la aparición del Daesh, o Califato Islámico, hoy derrotado militarmente, pero que sobrevive política y operativamente en diversos escenarios, y que ha tenido como resultado objetivo el incremento de la presencia e influencia de Irán, Rusia y Turquía en toda la región. Un extraordinario ejemplo de la desoccidentalización del planeta que, paradójicamente, se inició con la inapelable victoria de Occidente tras la caída del Muro de Berlín, hace ahora 30 años.

Estados Unidos está claramente en retirada —no siempre fácil— de esos territorios antaño dominados por las potencias occidentales, sobre todo después de la desaparición del Imperio otomano, hace ya más de 100 años.

En paralelo, China ha emergido como una potencia global que disputa en todos los terrenos la hegemonía estadounidense y que tiene la aspiración de ser la más importante a mediados de este siglo. Y Rusia ha recuperado su ambición zarista y soviética, y comparte con China su rechazo a un orden internacional conformado por Occidente y liderado por Estados Unidos. Ambas potencias comparten su voluntad expansionista en su proyección exterior y una creciente agresividad no solo diplomática, económica o comercial, sino también militar.

Para ello, han redoblado su apuesta tecnológica no solo en los ámbitos tradicionales —tierra, mar y aire— sino, lo que es más trascendental, en el espacio y el ciberespacio. Y en el caso de China, con una apuesta estratégica por el aprovechamiento máximo de la revolución digital, a través de la inteligencia artificial o las redes 5G, donde ha tomado la delantera a los propios Estados Unidos. Lo que explica, por cierto, la inusual agresividad contra empresas como Huawei, argumentando cuestiones de seguridad nacional, pero que refleja una situación objetiva de inferioridad en determinados desarrollos tecnológicos estratégicos.

Todo ello ha provocado que Estados Unidos haya reorientado su mirada hacia la región de Asia-Pacífico y, más recientemente, hacía el Indo-Pacífico, alejándose de los escenarios tradicionales de la Guerra Fría, como Europa, África, Oriente Medio o incluso América Latina. Un repliegue en toda regla, a pesar de ciertas declaraciones oficiales como las que se han visto en la Conferencia de Múnich, pero que revelan algo indiscutible: China se ha convertido en el principal adversario estratégico de Estados Unidos y sus alianzas tradicionales deben reformularse bajo esa nueva lógica. Incluida, sin duda, la Alianza Atlántica.

Un proceso que se explicita ya con la presidencia de Barack Obama (su famoso pivote hacia Asia) y que se reafirma, en lo sustancial y con mayores dosis de agresividad verbal, con el presidente Trump.

No es el objeto de este artículo desarrollar esa 'nueva' Guerra Fría que se manifiesta en todos los campos: el comercial y económico, el estratégico, con una política exterior china que se puede identificar con las Nuevas Rutas de la Seda y que incluye diversas manifestaciones de 'soft power', el militar y, sobre todo, el tecnológico. Me he referido a tal confrontación en muchos otros ámbitos, aunque ahora resulte procedente retener un par de aspectos.

El primero es que, contradictoriamente a su milenaria historia, China ha decidido no ser fundamentalmente una potencia terrestre que garantizara su territorio soberano y subordinara su entorno, sino que ha asumido que su condición de potencia global exige desarrollar capacidades militares en el mar y el aire, en el espacio y el ciberespacio.

Lo que nos lleva al segundo aspecto. China, a diferencia de nuevo con su pasado, está proyectando su influencia más allá de su entorno y está tomando posiciones estratégicas (en las que el desarrollo de infraestructuras de transporte juega un papel esencial) en el resto de Asia, en África o en América Latina. Y, por cierto, cada vez más en Europa.

En este contexto, volvemos al estrecho de Malaca. Hoy, existen ya pocas dudas respecto a que se trata del área más estratégica del planeta y que se ha convertido en el auténtico centro de gravedad del mismo. En lo económico, demográfico, comercial y, cada vez más, en lo estratégico y, por consiguiente, en lo militar.

Para China, pero también para Japón o Corea del Sur, la libre circulación marítima por el Estrecho, entre el mar de la China del Sur y el golfo de Bengala, en el Índico, es absolutamente vital. Para el 'gigante asiático', eso implica protegerse frente a un eventual bloqueo, que solo puede venir de Estados Unidos y que colapsaría su economía. Y para Japón o Corea, la garantía de que esa capacidad de bloqueo no pueda ser ejercida por China a través del control militar del mar del Sur, pasa inevitablemente por la protección de Estados Unidos.

En ese juego, el centro de gravedad se va a convertir cada vez más en un campo de batalla. Y no solo en lo militar, sino en torno a la relevancia estratégica excepcional del sudeste asiático.

Una región, agrupada en torno a Asean (Asociación de Naciones del Sudeste Asiático, todas excepto Timor Leste) que nació en 1967 frente a la amenaza de la China maoísta para la estabilidad de sus regímenes (Tailandia, Indonesia, Malasia, Singapur y Filipinas, alineados con Estados Unidos) y que, una vez acabada la Guerra Fría, ha ido incorporando al resto (Camboya, Laos, Myanmar, Brunei y Vietnam, en los años noventa).

Hablamos de una región con 4,5 millones de km2, un PIB conjunto de unos tres billones de euros y con 650 millones de habitantes. Es, junto a la Unión Europea, la zona de libre comercio más importante del mundo, además de un ámbito de cooperación que incluye la seguridad y la defensa, los intercambios personales y culturales o la colaboración política. En conjunto, representa la sexta economía del mundo y la tercera de Asia, aunque cabe recordar su gran heterogeneidad en tamaños, regímenes políticos o peso económico, aunque destaquen Indonesia (una de las 10 primeras economías del mundo, con 270 millones de habitantes), Singapur (la City de este siglo) o Vietnam (con espectaculares tasas de crecimiento).

Pero lo más relevante es su posición geográfica en el centro de gravedad del mundo de este siglo. Y por lo tanto, 'oscuro objeto del deseo' de las grandes potencias. Lo fue históricamente para el Imperio chino, en el periodo colonial, en la II Guerra Mundial o en la Guerra Fría. Cabe solo recordar la ocupación japonesa, el fin del colonialismo en Cochinchina con la derrota francesa en Dien Bien Phu y la retirada de los Países Bajos de Indonesia, la Guerra del Vietnam o el golpe de Estado anticomunista en Indonesia.

Así, el sudeste asiático se debate entre su autonomía estratégica y la influencia de Estados Unidos, el creciente expansionismo chino, la progresiva involucración de India o la penetración económica y política de Japón y, en menor medida, de la República de Corea.

En consecuencia, la región es objeto de gran atención económica por todos ellos, con diferentes iniciativas, particularmente en los países bañados por el río Mekong, aunque destacan las desarrolladas por China y Japón, principales competidores en el continente. Ambos se esfuerzan en la cooperación empresarial y tecnológica, la promoción de infraestructuras de transporte o la cooperación al desarrollo. Pero también lo hacen Estados Unidos, Corea o India.

Pero la gran pugna es geopolítica. Por una parte, China pretende consolidar su hegemonía en un mar que considera propio: el mar del Sur de la China (tan estratégico como el Caribe para Estados Unidos o el Mediterráneo para el sur de Europa). Y lo hace ampliando su presencia militar y desarrollando capacidades que van mucho más allá de la defensa de su territorio. Su principal rival en este sentido es Estados Unidos y su presencia naval y sus alianzas con Japón y Corea y con varios países de Asean. El objetivo de China es desplazar a Estados Unidos del continente como potencia hegemónica. Muchos analistas consideran que, en la región, China ya dispone de mayor potencial militar que su principal adversario.

Y prosigue, imparable, su esfuerzo militar en todos los ámbitos. Obviamente, Estados Unidos, una vez debilitado su compromiso con Europa y con Oriente Medio, está concentrando sus esfuerzos y su presencia y, a pesar de las apariencias, reforzando sus alianzas. Sin embargo, algunos países de la región han estado tradicionalmente unidos a China, como Camboya o Laos, y desde luego Myanmar y, cada vez más, Malasia. Y ahora, Filipinas, que ha denunciado su Tratado de Defensa (Visiting Forces Agreement) con Estados Unidos.

Por otra parte, Japón está desarrollando varias iniciativas. En lo económico y comercial, reactivando el TPP (Tratado Trans-Pacífico) a pesar de la retirada de Estados Unidos y que incluye a varios de los países de Asean, y poniendo en marcha el RCEP (Regional Comprehensive Economic Partnership), con la propia China, Japón, Corea, Australia y Nueva Zelanda, además de los 10 países de Asean. India se ha descolgado en el último momento.

Pero lo más importante es la iniciativa denominada Free and Open Indo-Pacific con Japón, Corea, Australia, Nueva Zelanda e India y que quiere comprometer a varios países del sudeste asiático, con el claro apoyo de Estados Unidos. Una iniciativa que persigue como objetivos el libre comercio, la libre navegación y la cooperación multilateral, pero que China interpreta como un intento de contención de su voluntad de expansión exterior.

En definitiva, estamos ante un panorama incierto, con fuertes tensiones económicas y comerciales pero, sobre todo, con la amenaza de tensiones crecientes desde el punto de vista militar. La construcción de bases navales y aéreas chinas en zonas en disputa, los contenciosos territoriales entre China y varios países como Japón, Indonesia, Vietnam o Filipinas, el despliegue aeronaval de China y Estados Unidos y una creciente carrera armamentística nos llevan a la conclusión de que el sudeste asiático y el entorno del estrecho de Malaca va a ser la región en la que se dispute, desde el punto de vista geopolítico, la supremacía en Asia y, por ende, en el conjunto del planeta.

Malaca es, pues, no solo ya el centro de gravedad del mundo de este siglo. Va a ser también el principal campo de juego de las pretensiones de las grandes potencias.

Está por ver si, además de campo de juego, será también campo de batalla. Los intereses respectivos tienen más de contradicción que de complementariedad. Se necesitarán grandes dosis de prudencia y de responsabilidad, si no se quiere iniciar un camino de retorno muy incierto y peligroso para la estabilidad mundial.