Josep Piqué • Política Exterior • 14 de octubre de 2022

Tres preguntas para Xi

Hace un lustro, Xi apostó por amasar todo el poder, en un movimiento muy arriesgado. Hoy, después de lo acontecido dentro y fuera de China, parece serlo todavía más. ¿Aguantará la economía china? ¿Mantendrán la cohesión el PCCh y la sociedad china? ¿Saldrá airosa la posición internacional del país del conflicto en Ucrania?

Cada cinco años, China escenifica ante los ojos del mundo la maquinaria que gobierna el Estado y su partido único. El 16 de octubre comienza en el Palacio de la Asamblea del Pueblo de Pekín el XX Congreso del Partido Comunista Chino (PCCh), que decidirá la composición del núcleo del poder político de la superpotencia asiática: los 205 miembros del Comité Central, los 25 del Politburó y los 7 del Comité Permanente del Politburó. Aunque se trata de un ejercicio de votación puramente formal, donde 2.296 delegados procedentes de todo el país eligen a nombres y cargos acordados de manera previa, no por ello deja de ser un acontecimiento del máximo interés político dentro y fuera de la República Popular. El rumbo de China para los próximos cinco quedará marcado en apenas una semana.

Este Congreso de 2022 estaba llamado a ser especialmente significativo, ya que debía elegir al nuevo secretario general del PCCh y presidente de China si no se hubiera abolido la limitación de dos mandatos sucesivos de cinco años. Xi Jinping fue elegido secretario general del PCCh en el Congreso de 2012 y nombrado presidente de China en 2013, por lo que este año el partido debía designar a un nuevo líder. Sin embargo, en marzo de 2018, Xi cambió las reglas de juego, aprobando una modificación que extendía de forma ilimitada su poder como jefe del Estado. El secretario general del PCCh es también presidente de la Comisión Militar Central, al mando del Ejército Popular de Liberación y de la Policía Armada.

Xi justificó la supresión de la limitación de mandatos en la necesaria continuidad de la dirección política en un momento en el que China se consolida como potencia global, en un escenario internacional crecientemente competitivo y, sobre todo, ante el inevitable cambio de su paradigma de crecimiento económico, pasando de un modelo exportador-manufacturero a otro más innovador y con un mercado interno más sólido. Según Xi, el momento histórico requiere un control firme sobre el partido, el Estado y las fuerzas armadas.

La apuesta era arriesgada hace un lustro. Hoy, después de lo acontecido, tanto dentro en China como fuera, parece serlo todavía más. Por tres motivos: primero, la situación económica se ha deteriorado en todo el mundo; segundo, por primera vez en décadas, las reglas de juego de la sucesión del poder en China se han roto; y tercero, el escenario internacional, a raíz de la guerra en Ucrania, se ha vuelto más hostil hacia Pekín.

Esto nos lleva a plantearnos tres preguntas, interrelacionadas, acerca del futuro de Xi, del PCCh y de la República Popular. ¿Aguantará la economía china? ¿Mantendrán la cohesión el PCCh y la sociedad china? ¿Saldrá airosa la posición internacional del país del conflicto en Ucrania?

«Por primera vez desde 1990, se espera que China crezca más lento que el resto de Asia»

Antaño motivo de orgullo, la economía china es hoy un quebradero de cabeza para los dirigentes del PCCh. Por primera vez desde 1990, este año se espera que China crezca más lento que el resto de Asia. Los principales problemas macro son “el exceso de ahorro, su concomitante, el exceso de inversión, y su corolario, las crecientes montañas de deuda improductiva”, explica Martin Wolf en Financial Times. El paradigma de todo lo que ha ido mal lo podemos encontrar en el sector inmobiliario, que venía aportando alrededor de una cuarta parte del PIB. Lo que comenzó como una crisis inmobiliaria –caracterizada por la caída de las ventas de inmuebles y una serie de impagos de los promotores, tras años de créditos baratos y una regulación cada vez más permisiva– se está transformando en una crisis financiera a nivel de los gobiernos locales, asfixiando el crecimiento de la economía. En este terreno, no parece que las cosas hayan cambiado demasiado desde que, en 2007, el entonces primer ministro Wen Jiabao calificase la trayectoria de crecimiento nacional como “inestable, desequilibrada, descoordinada e insostenible”.

Por otra parte, la política de “Covid cero” impuesta por el régimen ha añadido sal a la herida: los confinamientos masivos han sido continuados, con los consiguientes parones en la producción. La alargada sombra del PCCh se ha dejado sentir también en mercados estratégicos como el tecnológico, reduciendo el valor de los gigantes chinos del sector, que en el último año se han visto crecientemente intervenidos por el Estado.

El temor a una recesión mundial por la guerra en Ucrania, mientras tanto, mina aún más la confianza en la solidez de la economía china. A pesar de todo ello, el plan de Xi continúa inalterado: pasar de un modelo de inversión a uno de consumo, convirtiendo a China, para 2035, en una economía de ingresos medios con una sociedad mayoritariamente acomodada. Un reto mayúsculo, tan difícil como el llevado a cabo en los años ochenta, cuando el régimen apostó por un modelo de crecimiento basado en la exportación. ¿Lo logrará Xi, como lo logró Deng Xiaoping?

Escarmentado por los excesos y desastres provocados por las políticas de Mao, Deng estableció un sistema de liderazgo colectivo que robusteció al PCCh y acompañó a China en su proceso de desarrollo económico, al tiempo que acababa con todo atisbo de culto a la personalidad. Xi ha roto ahora con todo ello.

No hay que llamarse a engaño: al igual que otros partidos comunistas en el poder, el PCCh siempre ha sido una organización vertical, jerárquica y opaca. Desde 2012, sin embargo, Xi ha dado una vuelta de tuerca al Partido-Estado, reforzando la verticalidad y la acumulación del poder en la toma de decisiones, al tiempo que ha promovido el encumbramiento de su figura, como en tiempos de Mao. Según el sinólogo francés Jean-Pierre Cabestan, todo ello habría alimentado las críticas no solo entre las facciones liberales y reformistas, sino entre la élite del PCCh en su conjunto. ¿Habrá ido Xi demasiado lejos?

«La pandemia de Covid ha permitido al PCCh desplegar un control más estricto de la población, gracias a tecnologías de vanguardia como el reconocimiento facial»

En paralelo a este proceso, China ha profundizado en su transformación en un Estado policial con tecnología de vanguardia. La pandemia de Covid ha permitido al PCCh desplegar un control más estricto de la población, con controles térmicos, geolocalización y reconocimiento facial, a lo que se añade un sistema de censura a través de internet para monitorear y sofocar las críticas ciudadanas.

En Xinjiang, los expertos debaten si calificar de genocidio la represión de la minoría uigur. Desde 2016, al menos un millón de personas habrían sido detenidas sin juicio en la región autónoma. Y en Hong Kong, la asimilación del enclave ha convertido en papel mojado el acuerdo de “un país, dos sistemas” firmado por Londres y Pekín. Hoy la excolonia británica es mucho menos libre y autónoma que en 1997. ¿Cuánta represión podrán aguantar las minorías del país? ¿Y la mayoría de la población?

Tal vez sea el frente internacional, sin embargo, donde los planes de Xi hayan sufrido un mayor revés. La invasión rusa de Ucrania no ha cambiado la meta del PCCh de convertir a China en la gran superpotencia global, en sustitución de Estados Unidos, pero quizá sí el calendario y la hoja de ruta. Hoy Occidente no parece tan necesitado, tan en declive como en 2017, cuando Xi visitó Davos asegurando a los presentes y al mundo que podían contar con China para la defensa del multilateralismo y el libre comercio.

La guerra en Ucrania, sin duda, ofrece ventajas a China. En primer lugar, echa a Rusia en sus brazos. El yuan es hoy la divisa más intercambiada en la bolsa de Moscú. En segundo lugar, el conflicto distrae –momentáneamente– a Washington del Indo-Pacífico, fijando su atención en Europa. Al mismo tiempo, la guerra puede ofrecer a China, llegado el momento, una palanca de negociación con EEUU y la Unión Europea.

Pero se trata de ganancias a corto plazo. Una derrota de Rusia sería una pésima noticia para Xi. Peor aún sería si Vladímir Putin cumple su amenaza nuclear, lo que obligaría a Xi a acabar con cualquier ambigüedad en su apoyo hoy implícito a Moscú. Además, la experiencia ucraniana no ofrece un buen ejemplo de todo lo que puede salir mal en Taiwán.

En los últimos años, la historia parece haber conspirado contra Xi y sus sueños de convertirse en el nuevo Gran Timonel de una China sin rival. O quizá no, quizá conspire a su favor. Lo veremos en el próximo lustro.