Josep Piqué • La Vanguardia • 25 de abril de 2022

Finlandia se ‘desfinlandiza’, ¿y Ucrania?

La invasión de Ucrania por Rusia ha constatado cómo esta ha retrocedido en sus objetivos estratégicos y está peor que antes. No solo por el impacto de las sanciones, que está siendo mucho mayor de lo que parece y con efectos devastadores sobre su economía, sino por las pérdidas geopolíticas derivadas del fortalecimiento de la unidad y la cohesión de la UE, la respuesta unitaria de Occidente y el fortalecimiento del vínculo atlántico entre EE.UU. y Europa expresado por la clara revitalización de la OTAN. Evidentemente, en la respuesta europea hay una clara contradicción. Se intenta ahogar la capacidad financiera de Rusia y se ayuda a Ucrania económica y militarmente, pero se permite que Moscú prosiga con los ingresos necesarios para sostener la invasión y que proceden de las ventas energéticas. Es la consecuencia de la errónea política de Alemania, al pensar que la mutua dependencia energética evitaría tentaciones agresivas de Moscú. El resultado es una enorme vulnerabilidad que resta plena eficacia a las sanciones. Ciertamente, Berlín está concretando un cambio histórico en sus políticas de defensa y energética. Pero ello necesita tiempo, dinero y asumir sacrificios. La dirección emprendida es correcta y el dilema se sitúa en el tiempo necesario para hacerla efectiva. En el caso de la Alianza Atlántica, Rusia pretendía retrotraerse al statu quo previo a las sucesivas ampliaciones hacia el Este, de manera que se replegar en la práctica a las posiciones durante la guerra fría. Y ahí el fracaso está siendo manifiesto. No solo la OTAN está desplegando mayores capacidades en sus fronteras actuales con Rusia, sino que puede ampliar su ámbito todavía más, ante la cada vez más probable petición de integración rápida de países hasta ahora neutrales, como Finlandia y Suecia. Ello supondría incrementar en 1.340 kilómetros la actual frontera terrestre entre Rusia y la Alianza, y convertir el Báltico en un mar clave para evitar nuevas tentaciones agresivas por parte de Moscú. Para Rusia, desde los zares hasta la URSS, controlar el Báltico y, por lo tanto, el acceso al Atlántico forma parte de su geopolítica ancestral. De hecho, la URSS controlaba la costa oriental desde el golfo de Finlandia hasta Alemania y tenía la neutralidad de Finlandia y Suecia en la occidental. Tal situación cambia con el hudimiento de la Unión Soviética, al integrarse en la OTAN los tres países bálticos, la antigua RDA y Polonia. La consecuencia fue aislar a Kaliningrado (enclave ruso en el mar, entre Lituania y Polonia) y cuya conexión con la Rusia continental pasa a través del corredor de Suwalki, que une Kaliningrado con Bielorrusia, pero a través de la frontera entre esos dos países de la Alianza. Pero ahora puede sufrir otro cambio trascendental si Suecia y Finlandia deciden abandonar su neutralidad. La reacción de Rusia ha sido la habitual: la amenaza, incluida la de nuclearizar el Báltico, ampliando las capacidades de Kaliningrado, con nuevos misiles Iskander de corto alcance (hasta 500 km) dotándolos de cabezas nucleares, y reforzar la presencia areonaval desde su base en Baltisk. Todo ello puede convertir el Báltico en un polvorín. Pero la responsabilidad es exclusivamente de Rusia. Sin su cruel e ilegal invasión de Ucrania, ni Suecia ni Finlandia se hubieran planteado seriamente perder su neutralidad, hasta el punto de considerar la solicitud de adhesión en la cumbre de Madrid a finales de junio. Y todo ello en un contexto en el que la propia Ucrania ha mostrado su disposición a la neutralidad como condición para la retirada rusa de su territorio. Incluso se ha llegado a hablar de la finlandización de Ucrania. Justo cuando Finlandia está dispuesta a desfinlandizarse. Hay muchas variantes de neutralidad. En Europa, hablamos de Irlanda, Suiza, Austria y Suecia (o también Malta, Chipre o el Vaticano). Las razones y los contenidos son muy distintos. En el caso de Irlanda, las causas son históricas, derivadas de su controvertida relación con el Reino Unido, del que se independiza en los años veinte. Pero su compromiso con Occidente es inequívoco, como lo es el de Suiza, cuya neutralidad tiene una larga historia, que no le ha impedido ahora sumarse a las acciones occidentales. Igual compromiso tiene Austria. Su neutralidad fue la condición acordada para recuperar su soberanía en 1955, cuando las tropas aliadas salen del país. Es producto, pues, del derecho internacional. Una neutralidad que no fue obstáculo para integrarse en la Unión Europea, junto a Suecia y Finlandia, en 1995. Suecia decide su neutralidad en el congreso de Viena (1815). Una neutralidad que tampoco impide una clara alineación con los valores occidentales y su integración en la Unión Europea. Finlandia es diferente y, por ello, el término finlandización no es algo que los fineses asuman fácilmente, ya que tuvo su origen en las batallas mantenidas contra la URSS durante la II Guerra Mundial y que finalizaron con la independencia de Finlandia, a cambio de la pérdida de un 10% de su territorio y de la autocensura en todo lo relativo a las relaciones con la Unión Soviética, imponiendo ciertos límites a su plena soberanía, a través de los tratados que sellaron la paz. De hecho, cuando cae la URSS, Finlandia los denuncia y rápidamente pide su integración en la UE. Por ello, es paradójico hablar de findanlización de Ucrania, como resultado de una invasión, que Finlandia también sufrió trágicamente. Es garantizar una independencia no plena, renunciando a una política exterior plenamente soberana y asumiendo pérdidas territoriales, aunque no impida la aceleración del proceso de integración en la Unión Europea. Nada nuevo bajo el sol. Más tarde o más temprano, Ucrania querrá ser como los demás. Como la Finlandia plenamente soberana de hoy.

Fotografía de Oleg Petrasyuk (EFE)