Josep Piqué • Política Exterior • 10 de febrero de 2022

China, Ucrania y las paradojas de Putin

No parece que Putin esté haciendo un buen negocio con sus amenazas a Ucrania. Además de sacar a la luz sus diferencias con China, ha vuelto a dar sentido a la OTAN y a unir a los europeos.

Inevitablemente, tenemos que volver a hablar de la crisis ucraniana. La situación no es muy distinta a la de hace unas semanas, pero eso es también relevante, ya que no hay distensión ni canales diplomáticos abiertos realmente efectivos, más allá de posicionamientos de cara a las respectivas opiniones públicas.

Es más, Rusia sigue acumulando tropas en el mar Negro y en Bielorrusia, con el pretexto de unas maniobras militares y, lo que es más significativo, sigue desplegando un apoyo logístico que permite aventurar una intervención militar en territorio ucraniano de cierta duración. Por otra parte, Estados Unidos (y Reino Unido) insisten en la inminencia de esa intervención (antes de que las condiciones meteorológicas la hagan más difícil).

Al mismo tiempo, se están acumulando nuevos efectivos en los países de la OTAN más amenazados o en el mar Negro, con la contribución de otros aliados, entre ellos España. Aparentemente, se está logrando una convergencia de posiciones sobre el contenido de las sanciones, incluyendo a los países más reticentes, como Alemania (especialmente el Partido Socialdemócrata, SPD), que ve cómo su ambigüedad no es entendida por sus vecinos europeos ni por EEUU, como se vio en el reciente encuentro entre el presidente Joe Biden y el canciller Olaf Scholz. Hay también diferencias claras incluso en países con gobiernos ideológicamente afines, como Polonia y Hungría, aunque solo este último sigue, de forma desleal, contemporizando con Vladímir Putin.

A pesar de la insistencia en la diplomacia (y en las otras tres “D”: distensión, desescalada y disuasión), no hay avances palpables. El fiasco de la reunión entre Putin y Emmanuel Macron así lo revela, aunque reabrir el Grupo de Normandía para revitalizar los acuerdos de Minsk II pueda suponer algo de esperanza.

Finalmente, la búsqueda común de soluciones a la crisis de suministro de gas que produciría un conflicto, y que pasa por proveedores alternativos (Catar, Australia, Nigeria…), y la mejora de las interconexiones internas en la UE (con un papel clave de la península Ibérica) son muestra de que se trabaja en los peores escenarios posibles.

«La búsqueda común de soluciones a la crisis de suministro de gas que produciría un conflicto, y que pasa por proveedores alternativos, y la mejora de las interconexiones internas en la UE son muestra de que se trabaja en los peores escenarios posibles»

Sin embargo, se han producido dos hechos relevantes a destacar.

El primero, la respuesta escrita de EEUU y la OTAN a las exigencias de Moscú. Una respuesta previsible, pero que indica un posible camino. Previsible porque rechaza las demandas políticas por inaceptables y contrarias a los principios de la Alianza y al respeto a las decisiones soberanas de Estados independientes. Pero que abre la vía de unas negociaciones para desescalar y reducir los riesgos, a través de conversaciones de desarme y de reducción de armas tácticas y estratégicas, intentando construir una arquitectura de seguridad en Europa, con concesiones recíprocas y pactadas.

Ello, además, cubre uno de los objetivos de Rusia: ser tratados como gran potencia, con interlocución directa con Washington (lo que acrecienta la necesidad de que la UE espabile en la definición de su autonomía estratégica y en la articulación del pilar europeo dentro de la OTAN).

El segundo hecho es el de visibilizar, de nuevo, el acercamiento entre Rusia y China, con la entrevista, en Pekín, entre Xi Jinping y Putin con el pretexto de los Juegos Olímpicos de Invierno. Este encuentro requiere de una interpretación amplia y compleja, más allá de la visión simplista del avance hacia una alianza en toda regla entre ambos países, unidos por un enemigo común.

No es exactamente así y los intereses de Rusia y China no son exactamente los mismos.

Es obvio que China sigue muy de cerca lo que está pasando en la frontera ruso-ucraniana, por muchos motivos, tanto tácticos como estratégicos. Por una parte, una profundización de la crisis obligaría a EEUU a diversificar su atención de nuevo hacia el Atlántico, ahora concentrada casi en exclusiva en el Indo-Pacífico con el claro objetivo de contener el crecientemente agresivo expansionismo chino en la zona. Y eso es bueno, en principio, para China. Por otra, una débil respuesta occidental mandaría una clara señal en relación con Taiwán y permitiría incrementar la presión crecientemente visible y belicosa hacia la isla, con sobrevuelos constantes y cada vez más amenazadores. De hecho, China ya ha tomado nota de que las consecuencias de acabar con la democracia en Hong Kong y violar los acuerdos internacionales han sido muy tenues. Igual pasa con la represión de los uigures en Xinjiang.

«China ya ha tomado nota de que las consecuencias de acabar con la democracia en Hong Kong y violar los acuerdos internacionales han sido muy tenues, igual que pasa con la represión de los uigures en Xinjiang»

China no tiene prisa, pero Xi necesita intensificar la reivindicación sobre Taiwán de cara al Congreso del Partido Comunista Chino en noviembre próximo, cuando debe aprobarse la reelección del presidente. No hace falta insistir en que una eventual ocupación de Taiwán, más allá de su impacto geoeconómico (valga el ejemplo de la fabricación de microprocesadores), implicaría el principio del fin de la presencia norteamericana en Asia, ya que el paso siguiente sería el control del mar de China Meridional y la constatación por los aliados de EEUU en la región (Japón, Corea del Sur, Australia o países de ASEAN) de que ya no pueden confiar su seguridad en Washington. EEUU quedaría relegado a potencia atlántica, dejando de ser una superpotencia global. China conseguiría así su propósito de sustituir a EEUU en ese papel, a través de la hegemonía en Asia y su presencia creciente en África o América Latina.

Demasiado vital para EEUU, que necesita que se olvide su salida de Afganistán y que se recupere su credibilidad como garante de la seguridad en un Indo-Pacífico libre y abierto y su estatus de superpotencia global.

En cualquier caso, esa ambición china se alimenta de la cooperación cada vez más estrecha con la otra potencia revisionista del orden liberal internacional, Rusia. Muchos de sus intereses convergen. Pero ello no implica la desaparición de sus diferencias estratégicas, presentes a lo largo de toda su historia. De hecho, ambas partes se resisten a hablar de una alianza en sentido estricto.

Estamos ante un matrimonio de conveniencia, sin amor (ver mis apuntes del 11 de junio de 2021). Valgan como ejemplo, las disputas inevitables sobre Siberia Oriental, la influencia de China sobre Asia Central (la fulminante intervención rusa en Kazajistán es también, en buena medida, un mensaje a China) o sus pretensiones sobre Afganistán y el Ártico. Cuando se puso en marcha la Organización de Cooperación de Shanghái, Rusia insistió en incorporar a India, secular enemigo histórico de China, y Pekín hizo lo propio invitando a Pakistán. Sus visiones del mundo divergen de manera clara.

Pero hoy, y a corto plazo, convergen en algunos objetivos estratégicos. El más importante es que ambos quieren reformular las reglas del juego y acabar con el orden liberal internacional, encabezado por EEUU. Sin embargo, determinadas tácticas pueden chocar también a corto plazo. La crisis ucraniana puede ser ejemplo de ello.

China está atenta a la reacción de Washington como señal para su reivindicación de Taiwán. Pero no va a apoyar otro ataque a la integridad territorial de Ucrania (de hecho, no ha reconocido la anexión de Crimea) por su clara defensa de la inviolabilidad de las fronteras y la integridad territorial de los Estados, base de su reclamación sobre Taiwán.

Tanto Pekín como Moscú coinciden también en defender la no injerencia en los asuntos internos, dado su común desprecio por la democracia y los derechos humanos. Más allá de ello, sus intereses no son exactamente los mismos.

«Pekín no va a apoyar otro ataque a la integridad territorial de Ucrania (de hecho, no ha reconocido la anexión de Crimea) por su clara defensa de la integridad territorial de los Estados»

Obviamente, les interesa debilitar el vínculo atlántico y a la propia OTAN, pero no está nada claro que la amenaza sobre Ucrania lo consiga. Más bien al contrario; puede reforzar una visión europea y de la OTAN más acorde con EEUU en el Indo-Pacífico, algo que a China no le conviene, y que se puede concretar en la definición de la brújula estratégica y en la propuesta de la Comisión sobre una política común europea en la región y, adicionalmente, entrar formalmente en el nuevo Concepto Estratégico de la Alianza, que podría aprobarse en la próxima Cumbre en Madrid.

Por otra parte, los intereses económicos también difieren. El enlace ferroviario directo y marítimo entre China y Europa, hasta Odesa, sin pasar por territorio ruso muestra un claro interés chino de tratar con una Ucrania independiente (invirtiendo por ejemplo en el metro de Kiev), apoyándose en su estrategia global de la Franja y la Ruta, vista con mucho recelo por Rusia. Otra diferencia es que China no tiene interés en debilitar la UE ni en profundizar en un conflicto con ella, después de la suspensión indefinida del Acuerdo de Inversiones que a Pekín le interesa recuperar.

Además, el apoyo chino a Putin en los temas energéticos y financieros, en caso de sanciones, acrecienta la dependencia de Rusia, algo contradictorio con su pretensión de formar parte de una relación tripartita “entre iguales”.

Por ello, a pesar de su última reunión y de su escenografía, el comunicado conjunto, en su versión rusa, expresa el apoyo de Xi a las demandas de Rusia y, en particular, la de impedir la ampliación de la OTAN. Pero no es así, significativamente, en la versión china, que no alude a tal pretensión. Mucho menos, si supone un alineamiento más claro entre Europa y EEUU, algo que, sin duda, China no desea (aunque sus represalias contra Lituania por reconocer de facto a Taiwán no le ayudan en tal objetivo, ya que incrementan los deseos de la Unión de reducir su actual dependencia de China en las cadenas de valor).

Todo lo dicho, lleva a destacar las paradojas producidas por la actuación de Putin.

La primera es que, en lugar de limitar y reducir el papel de la OTAN en el escenario europeo, sus acciones han devuelto a la Alianza un “objeto social”, de alguna manera diluido después del colapso de la Unión Soviética. La Alianza está saliendo fortalecida como organización y su presencia en el Este de Europa se está incrementando como nunca, provocando de paso la más que posible integración en la misma de países como Suecia y Finlandia.

«La Alianza Atlántica está saliendo fortalecida como organización y su presencia en el Este de Europa se está incrementando como nunca»

La segunda es que la voluntad de Putin de ningunear a la UE (despreciando no solo a Bruselas, sino a París o Berlín) contribuye a fortalecer la necesidad de avanzar hacia una política exterior, de seguridad y de defensa común y su compatibilidad con el refuerzo de la OTAN. El resultado es más vínculo atlántico y más Europa.

La tercera es que, inevitablemente, conduce a Rusia hacia una mayor y creciente dependencia de China, en una relación cada vez más asimétrica y desequilibrada en favor de esta.

La cuarta es que, ya sea por una intervención militar mucho más compleja y costosa que las anteriores y por el impacto de las sanciones, las consecuencias para el pueblo ruso pueden ser muy negativas, socavando el apoyo ciudadano a su propio régimen.

Y, last but not least, se manifiesta en toda su crudeza que aquellas naciones que han estado bajo la órbita de Rusia, en la época zarista o en la soviética, ahora sienten la necesidad vital de protegerse de ella. Con la excepción de dictadores tan corruptos como Aleksandr Lukashenko en Bielorrusia o los de Asia Central, que quieren garantizarse su supervivencia política y personal.

No parece, en definitiva, que Putin esté haciendo un buen negocio. Los dictadores, en ausencia de críticas y contrapesos, suelen instalarse en su mundo. Y no siempre coincide con el mundo real.