Josep Piqué • La Vanguardia • 29 de agosto de 2022

El Ártico como alternativa

Rusia siempre ha tenido una obsesión por ser una potencia marítima: garantizarse la salida a las aguas calientes, es decir, a los grandes océanos. Por ello, el dominio del Báltico para ac¬ceder al Atlántico y del mar Negro para hacerlo al Mediterráneo han sido históricamente esenciales. Y para llegar al Pacífico, la conquista de Siberia, hasta Vladivostok, en el mar de Japón.

Después del pésimo error de cálculo de Rusia al invadir Ucrania, Putin tiene que intentar recomponer una posición geopolítica que ha quedado muy debilitada en ese sentido. Efectivamente, ha visto como el vínculo atlántico –ejemplificado en la revitalización de la OTAN y la incorporación de Suecia y Finlandia a la Alianza– ha salido fortalecido.

Ello ha comportado que el Báltico, un mar soviético durante la guerra fría, se haya convertido en un mar de la OTAN, que encajona a la flota rusa, de forma que solo puede responder incrementando peligrosamente el rearme de su enclave de Kaliningrado.

También su intento de volver a controlar, junto a Turquía, el mar Negro, ha sido un fiasco. La flota en el mar Negro ha mostrado sus carencias, incluido el hundimiento de su buque insignia, el Moskva, o la retirada de la estratégica isla de las Serpientes, mientras Turquía sigue impidiendo el paso de buques de guerra por el Bósforo, cerrando el acceso al Mediterráneo.

La tercera flota rusa, con base en Vladivostok, depende del libre paso por el ¬estrecho de Bering y, por lo tanto, de Estados Unidos (Alaska), así como de la continuidad en la presencia en las disputadas islas Kuriles, reclamadas parcialmente por Japón, y que permiten el libre acceso al Pacífico.

Y la cuarta se sitúa en el Ártico, con base en la península de Kola. Históricamente ha sido menos importante, dada la situación helada de sus aguas durante prácticamente todo el año. Pero el calentamiento global está cambiando drásticamente esa realidad, y el deshielo permite una ruta naval, casi permanente, conectando el Atlántico con el Pacífico, por el norte, sin tener que pasar por el Mediterráneo, el mar Rojo y el estrecho de Malaca.

No solo eso. El deshielo permite unas posibilidades enormes de explotación de recursos energéticos y de minerales y tierras raras, imprescindibles para los procesos de producción basados en las tecnologías digitales. Pero lo más inquietante es que está propiciando una acelerada militarización de la zona, antes impensable. Y con la que Rusia pretende compensar sus retrocesos en los otros mares, mostrando poderío naval y ambición geopolítica.

Obviamente, tal movimiento no puede obviar que siete de los ocho países del Consejo Ártico son o van a ser miembros de la Alianza Atlántica, lo que incre¬menta la percepción de cerco en una zona¬ que Rusia ha considerado siempre propia. Estamos asistiendo ya a fuertes tensiones con Noruega, y se ha incrementado la relevancia de Groenlandia (riquísima en tierras raras).

El Ártico se está convirtiendo así en parte sustancial del nuevo orden geopolítico. En consecuencia, China no quiere estar al margen. Y la vía más rápida es llegando a acuerdos con Rusia para desarrollar la Ruta de la Seda Polar, aportando tecnología y financiación que Rusia no posee, a cambio de ayudar a esta a consolidar su posición militar y estratégica en el océano. El coste es convertir cada vez más a Rusia en un país subordinado, y que China establezca una posición estratégica en una región de la que no forma parte geográficamente.

Pero, para Rusia, es una cuestión de supervivencia como gran potencia. Progresivamente cercenadas sus aspiraciones para acceder a las aguas calientes (una obsesión permanente desde la época de los zares), a través del Báltico o el Negro, la nueva vía del Ártico se ¬convierte cada vez más en su única alternativa. Desgraciadamente, el Ártico ya no va a poder ser un bien público global, sino un nuevo escenario de confrontación, como el espacio y el ciberespacio. Solo nos queda la Antártida. ¿Por cuánto tiempo?

Fotografía: Tsuguliev / Getty