revista capital
Josep Piqué • Capital • 9 de septiembre de 2020

El orden mundial después del coronavirus: veremos cambios, pero no tantos

Estos días escuchamos muy a menudo frases del tipo “nada volverá a ser como antes” o “las democracias liberales han mostrado su ineficacia”. A mi edad, no es la primera vez que las oigo. Así fue con los atentados del 11 de septiembre del 2001 o con la caída de Lehman Brothers en otoño del 2008. Quizás lo más disruptivo que he conocido en el ámbito internacional fue la caída del Muro de Berlín hace ya más de treinta años o la Constitución de 1978 en el caso de España. En el primer caso, se vino abajo el escenario geopolítico global iniciado con la victoria aliada en la II Guerra Mundial y el fin del mundo bipolar de la Guerra Fría. En el segundo, pusimos punto final a un periodo especialmente trágico de nuestra historia con la Guerra Civil y la Dictadura franquista. Cambios radicales de verdad.

No niego que el 11 de septiembre no implicara la puesta en cuestión de un pretendido nuevo orden mundial bajo la hegemonía de una única superpotencia, en línea con el famoso “Fin de la Historia”. O que la recesión que se inicia en otoño del 2007 con las hipotecas “subprime” no haya tenido consecuencias evidentes sobre el declive de Occidente y la crisis de identidad del proyecto europeo.

Pero no creo que, salvo descontrol global, la pandemia del COVID-19 llegue a ser tan disruptiva o tenga efectos tan profundos como los que hemos mencionado. Lo que es predecible es que acelere e intensifique las grandes macro-tendencias que ya se venían desarrollando con anterioridad.

La humanidad ha sufrido terribles pandemias durante toda su historia. La novedad es que, desde la mal llamada “gripe española”, ninguna ha afectado de forma significativa al mundo desarrollado, con la excepción parcial y limitada del SIDA. Han pasado más de cien años. Pero sí que se han sufrido en África, o en otras zonas subdesarrolladas de nuestro planeta. Quedaban lejos… Con consecuencias mucho más letales en términos humanos pero que no afectaban a la economía global.

La respuesta occidental, sin embargo, no ha sido distinta a la secular: imponer severas cuarentenas. Pero el efecto sobre un sistema económico basado en cadenas y redes de valor globales es muy notable. Y la combinación de shocks de oferta (como producto del confinamiento de la población) y de demanda (caída de ingresos y gastos por disminución de la actividad económica) ha provocado ingentes intervenciones de los bancos centrales, con políticas monetarias ultraexpansivas, y políticas fiscales generadoras de gasto, déficit y deuda pública que buscan amortiguar los efectos de la crisis. Y que obligan a enormes ejercicios de responsabilidad de cara al futuro.

Sin embargo, por grave que sea la situación, todo apunta a que sus efectos no serán a largo plazo. Otra cosa es que puedan agudizarse los fenómenos que ya estaban ahí con anterioridad.

Así, la pugna por la hegemonía entre un Estados Unidos en repliegue y una China en expansión, en todos los frentes y, sobre todo, en el tecnológico, va a seguir dominando el escenario geopolítico en la primera mitad del presente siglo. La creciente asertividad de los “antiguos imperios”, como Rusia, Irán, Turquía o India, será cada vez más evidente. Lo estamos viendo en el Sudeste asiático, entre el Pacífico y el Índico, o en Oriente Medio y el Norte de África. Tendencias previas a la pandemia y que se- guirán en la post-pandemia.

Es cierto, también, que puede ser un revulsivo para Europa como proyecto político ante la evidencia palpable de que no es posible hacer frente a desafíos globales desde posiciones estrictamente nacionales. Pero es también un debate preexistente. Como el que se desarrolla respecto al futuro de América Latina o el del continente africano.

En definitiva, los dos grandes rasgos de este siglo, la globalización y la digitalización, han venido para quedarse. Otra cosa es que la pandemia visibilice mucho más el déficit de gobernanza de la globalización que venimos padeciendo, o que la digitalización deba asociarse cada vez más al debate ético sobre sus consecuencias sobre la libertad individual y, por consiguiente, sobre la naturaleza y las debilidades de las democracias liberales. Algo que ya estaba y que la pandemia puede acelerar.

Evitemos lo que algunos quieren, con el pretexto de la pandemia, hacer irreversible: la desaparición del multilateralismo y el auge de los regímenes autoritarios. La pandemia no puede ser la excusa para erosionar nuestra pasión por la convivencia pacífica y la libertad.