Josep Piqué • El Mundo • 23 de diciembre de 2017

Una estrategia ante la muerte del catalanismo

Han leído ustedes bien. El catalanismo político ha muerto. Llevaba tiempo ya moribundo, pero las elecciones de anteayer han certificado su defunción, y a los muertos hay que enterrarlos con dignidad, recordarlos en nuestra memoria y asumir que jamás van a volver.

Y ha muerto a manos del secesionismo, que va camino de arrasarlo todo. Ha conseguido ya consolidar un brutal y trágico desgarro interno en la sociedad catalana, ha deteriorado gravemente su estructura empresarial y su economía, ha malbaratado años de trabajo para crear una imagen de Barcelona como ciudad global, acogedora y abierta, y se ha llevado por delante cosas tan sagradas en un sistema democrático como el respeto a la ley y a las resoluciones judiciales. Y va a seguir trabajando para romper la solidaridad y los profundísimos afectos tejidos durante siglos entre la sociedad catalana y el resto de la sociedad española. Pero no les importa.

Su proyecto es de ruptura y de confrontación y no les perturban los enormes costes que han provocado. Han creado un bando antagónico a todo lo que signifique el vínculo emocional con la idea de España. Y en ese clima, sólo les interesa vencer. Es decir, derrotar al adversario. Y por eso no ha habido trasvase de votos entre bloques. Sólo recomposición interna en los mismos.

Y, por ello, no caben los moderados en su bando. Es decir, los que quieren tender puentes entre el catalanismo y un proyecto común y compartible que llamamos España. Y cabe decir que han cumplido su objetivo. Han desaparecido de su mapa.

Afortunadamente, una gran parte de los que han votado a los partidos constitucionalistas sí que comparten la convicción, recogida en la Constitución y en el Estatut, de que una España democrática, descentralizada y europea, es el marco idóneo para una Cataluña autogobernada y que permite preservar y defender todas sus especificidades, como nunca anteriormente. Es decir, un catalanismo integrador y plenamente comprometido con el devenir del conjunto de España.

Pero ese catalanismo ya no es un proyecto político en sí mismo. Forma parte de la identidad española de muchos catalanes. Y que se integra en lo que puede denominarse, sin complejos, como patriotismo constitucional.

Y que implica reafirmar que se puede ser catalán, español y europeo al mismo tiempo y compatibilizar esas identidades, enriqueciéndolas mutuamente.

El debate, pues, ya es otro.

Es un debate entre los que niegan la compatibilidad de sentimientos e identidades y los que la defendemos desde una perspectiva integradora e inclusiva.

Desafortunadamente, el resultado electoral ha vuelto a reflejar un empate en el terreno de juego, aunque los penaltis posteriores han dado el triunfo político a los que no quieren que sigamos jugando juntos porque, además, no aceptan las reglas del juego.

Y el partido ha puesto de manifiesto, fortalezas y debilidades en cada uno de los equipos. Tiempo habrá para analizarlo con más detenimiento, pero pueden avanzarse algunos apuntes.

Obviamente, en el bloque independentista, el triunfo de la candidatura de Puigdemont sobre la de Esquerra refleja su radicalización irracional, que ha permitido incluso sumar a muchos votantes antisistema de la CUP. Y resulta tragicómico que Esquerra haya sido superada en su radicalismo por un antiguo miembro de la fuerza catalanista por excelencia, como lo fue históricamente CiU. Ya no les vale la tradicional distinción ideológica entre derecha e izquierda. Sólo la voluntad de acabar con el sistema constitucional y proclamar su quimérica república. Y conviene recordarles, aunque no les guste, que la mayoría en escaños no ha ido acompañada de una mayoría en votos.

Por otra parte, en esta nueva situación, ya no necesitan los votos de la CUP. Les basta con su abstención. Han ganado márgenes de maniobra, aunque saben perfectamente que la vía unilateral no es posible. Pero intentarán otras, que van a pasar por la defensa de un referéndum consultivo y pactado (paso previo e irreversible al posterior ejercicio del derecho a la autodeterminación) y por romper el bloque del 155, atrayendo al Partido Socialista, con el señuelo del diálogo, que sólo se utiliza para avanzar en la consecución de sus objetivos.

La reforma de la Constitución -necesaria y conveniente, por otra parte- va a ser usada como vía para intentar la reforma que más les interesa: la de los mecanismos de su reforma, para hacerla más fácil, sin pasar por la soberanía del conjunto de los ciudadanos españoles.

Y en cuanto al bloque constitucionalista, la principal consecuencia es la que se deriva de la constatación incontestable de que Ciudadanos se ha convertido en su referente político, con enorme ventaja sobre los demás. Y el fracaso del Partido Socialista, en comparación con sus expectativas, tiene mucho que ver con esa incapacidad para comprender que el catalanismo, como proyecto político, está muerto.

Y la debacle sin paliativos del Partido Popular tiene mucho que ver con su incapacidad para conservar y agrupar a muchos ciudadanos de Cataluña en torno a un proyecto inclusivo de la catalanidad y del proyecto nacional español. Eso lo ha conseguido Ciudadanos y de ahí su espectacular éxito, aunque lamentablemente insuficiente para evitar la mayoría secesionista en escaños. Pero que ha cuajado en la Cataluña urbana, abierta, liberal y tolerante. Y que contrasta con el triunfo independentista en la Cataluña rural, cerrada, y de tradición carlista.

Y una consideración adicional: la suma de los dos grandes partidos nacionales (los protagonistas en las últimas cuatro décadas del bipartidismo imperfecto) suma 20 diputados sobre 135. Una enmienda a la totalidad a nuestro tradicional sistema de representación política desde la Transición.

Las consecuencias son, pues, tectónicas, y trascienden ampliamente las propias de unas elecciones autonómicas. Y no valen los análisis coyunturalistas o acomodaticios. En política, nada hay eterno.

La UCD desapareció cuando se extinguió su objeto social: la Transición. El PSOE de Felipe González o el PP de Aznar cumplieron con una demanda social: la modernización de España y de su economía, además de su proyección internacional. Y merecieron amplios apoyos electorales. El PSOE de Zapatero o el PP de Rajoy asumen el poder en circunstancias excepcionales, aunque luego lo revalidan en las urnas. Y todos ellos, han gobernado en solitario, con más o menos apoyos parlamentarios.

Honestamente, cabe hacerse hoy una pregunta: ¿el bipartidismo que hemos vivido es también algo que no va a volver? Ya hemos visto que el catalanismo político ha sido víctima de la propia dinámica que ha generado. Está por ver si va a pasar lo mismo con los partidos políticos tradicionales, si no saben leer correctamente lo que está sucediendo.

Ilustración: Sequeiros